Reseña de “El mundo de Kalam” en Anika entre libros

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Mónica Cañibano, colaboradora del portal literario Anika entre libros, publica una reseña sobre mi novela “El mundo de Kalam”.

En ella, destaca la originalidad de la obra y la define como una novela ideal para pasar un rato entretenido.

elmundodekalam

Podéis leer la reseña completa aquí:

https://www.anikaentrelibros.com/el-mundo-de-kalam

 

Reflexión arácnida

Una mosca. Sí, era una mosca. Aquellos enormes y nerviosos ojos la delataban. Trataba de desligarse de aquella pegajosa trampa mortal. ¡Inocente! Su lucha era en vano. Tal vez unos segundos de vida más. No había vuelta atrás. Había sido una inconsciente. No me preocupaba lo más mínimo aquella angustia vital, aquel amasijo desesperado que agitaba la red. Si fuera capaz de apiadarme de todo aquel que cae en mi trampa, probablemente habría muerto de hambre hace ya tiempo. Y no sería respetada. Respeto: lo más importante.

Reparé en la capacidad de lucha de aquella mosca. Sin duda, demostraba coraje. O tal vez era la impotencia de saberse muerta en vida. Quizás se habría percatado de que la estaba observando. Sus ojos revoloteaban, ágiles pero alterados. Los movimientos frenéticos y rabiosos de aquella mosca me resultaban curiosos. Aún no había aceptado su destino.

Decepción. Suponía que aquella mosca lidiaría más que las demás pero no lo hizo. Detuvo su baile perturbado al cabo de unos segundos. Era el momento. Adoro ese instante de resignación. Hasta el ser viviente que más aprecia su vida, languidece pronto ante la presencia de la muerte. Una lástima, pero no para mí. He aprendido a disfrutar con ello. Vivo por y para ello. La engullí, sin más. No apreciaba especialmente aquel sabor, pero no era capaz de vivir sin él. Me deleitaban más los momentos previos que el acto en sí. Cuando uno alcanza lo que quiere, todo se difumina. Necesitas más. Siempre es igual. No soy el único que se complace con esto. He observado como los humanos también lo hacen. Disfrutan aplastando al débil. Se regocijan en el sufrimiento ajeno. No les importa ser causantes de ello, incluso adoran serlo. La diferencia es que yo no tengo otra salida si quiero sobrevivir. Ellos no. Lo hacen por placer. Son crueles y despiadados. En ocasiones, he sufrido la soberbia de los hombres. Todo mi trabajo convertido en nada por placer. A veces, incluso, creo que lo hacen sin sentido alguno. No disfrutan con ello. Simplemente, lo hacen. Y eso es todavía peor. Construyen trampas continuamente. Casi se podría decir que toda su vida se la pasan tejiendo una gran red donde atrapar a las máximas víctimas posibles. Pero no se percatan de sus actos. Su inconsciencia llega a tal punto que pueden llegar a ser presos de su propia trampa. Por todo ello, prefiero seguir siendo una araña. Al menos, el sufrimiento de los otros tiene algún sentido.

Los pájaros

Miré al pájaro. Se acababa de posar en las ramas del árbol, que dibujaba su sombra amenazante en la ventana de mi cuarto. Era oscuro como la noche, el oscuro más profundo que se pueda imaginar. Sus ojos eran, también, negros como el azabache. Temía que me avistara, así que decidí esquivar su mirada hasta cuatro veces. Llegó, entonces, otro pájaro. Era blanco, tan blanco que casi se podía percibir su resplandor con los ojos cerrados. No pude evitar mirarlo, pues no me aterraba en absoluto. Sus verdes ojillos cargados de inocencia me hicieron sonreír.

El pájaro blanco posó sus ojos sobre el negro. Parecía una lucha imaginaria. Las espadas eran, en este caso, los ojos. Los míos, entonces, se apartaron del pájaro blanco y se centraron en el negro. Vi como éste empezaba a graznar cada vez más fuerte. El blanco, acto seguido, comenzó a gorjear. Entonces, se abalanzó sobre el negro y comenzó una lucha brutal. El pájaro negro, con sus oscuras y afiladas garras y su tenebroso pico, intentaba herir al blanco. Por su parte, el blanco, con sus patas melosas como la miel y su pico redondeado y suave, estocaba sin menor reparo a su contrincante.

La victoria cayó, tras un largo e intenso intercambio de golpes, del lado del pájaro blanco. Su rival se desplomó, precipitándose pesadamente al suelo. Apenas pude ver la caída, pero sí escuché el golpe del vencido sobre el asfalto y pude darme cuenta de que aquella ave, miembro de lo desconocido y de la oscuridad, era un cuervo. El pájaro blanco, victorioso, alzó sus alas, gozoso y simpático. ¡Qué vuelo tan bello y grácil! En aquel momento, me di cuenta de que aquel pájaro era, sin duda, una gaviota.

“Una victoria del bien”. Ese fue mi pensamiento en aquel instante. Una sonrisa furtiva se me adivinó en el rostro, mas pronto me di cuenta de mi error cuando, a través de los cristales de mi ventana, pude ver a aquel pájaro radiante y bello despojarse de su velo blanco y mostrar su oscuro plumaje. No cabía duda alguna: era otro cuervo. Sorprendido, me asomé a la ventana y, allí, sobre la acera, descansaba el cuerpo inerte de un esplendoroso pájaro blanco. Sabia lección me enseñó la vida aquel día, pues desde aquel suceso, me cuido mucho de no dejarme llevar por las apariencias.