La navaja

pocketknife

Las sombras lo miraban. No, no había llegado hasta ahí por casualidad. Sabía que sólo él tenía la culpa. Él solo había caído en demasiadas tentaciones. Él solo había confiado demasiado en la gente. Así que él solo tenía que poner fin a aquello. Estiró una mano y alcanzó la botella de whisky que estaba en la pequeña mesa del salón. Esa maldita mesa. Había sido un regalo de su hermano. El mismo que lo abandonó cuando más lo necesitaba. De eso hacía ya tiempo, unos cuatro o cinco años. Por aquel entonces, todavía tenía un trabajo. No era gran cosa trabajar de camarero en un antro de mala muerte, pero era algo más que nada. Y ese algo le daba dinero, no mucho, pero dinero, al fin y al cabo. El caso es que lo despidieron y no por casualidad, sino por haber estado acudiendo, durante muchas noches, totalmente borracho a su trabajo. Primer gran error. Haber estado allí, es cierto, le daba dinero, pero también otras cosas menos interesantes. Al menos, eso pensaba al principio. Digamos que aquel bar no tenía empleados demasiado ejemplares. Lo cierto es que ninguno de ellos era lo suficientemente legal como para trabajar en otro lugar que no fuera aquel tugurio. Dio un largo trago a la botella y la dejó de nuevo sobre la mesa. Se incorporó, tambaleándose e intentando mantener el tipo como esos equilibristas de circo que tanto odiaba. Avanzó torpemente por el medio de la estancia revuelta, llena de viejas revistas y cosas inservibles. Se acercó al mueble-bar que había conseguido comprar con el dinero ganado en su antiguo trabajo. Siempre había soñado con tener uno y ahora que lo tenía no le servía para nada más que para guardar alguna botella de whisky y un par de vinos baratos. Se apoyó en el mueble, cabizbajo y murmurando algunas palabras sin sentido. Levantó la cabeza y se encontró de frente con un marco de fotos que guardaba una imagen que siempre había querido conservar. La miró y escupió sobre ella.

-Maldito cerdo. ¡Tú no eres mi hermano! Mira cómo estoy ahora, ¿te importa algo?

Dio un manotazo al marco de fotos y este cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Se intentó agachar para recoger la foto, ya despojada de su marco, pero se precipitó al suelo boca abajo, justo sobre los pedazos rotos. Levantó la cabeza con un esfuerzo sobrehumano y miró la foto. Sobre un bonito paisaje, se encontraban él y su hermano, abrazados y sonrientes. Su hermano, cuatro años mayor que él, sostenía en la mano una pequeña navaja, la cual le había regalado su novia por su vigésimo noveno cumpleaños. Siempre la llevaba a todas partes y no dejaba que nadie la tocara. La navaja tenía algo inscrito, que nunca había dejado leer a nadie. Un día, misteriosamente desapareció y nadie supo nada más de ella.

-Ya era tuya desde hacía unos meses y aún tenías la poca vergüenza de llevarla a todas partes. ¡Bastardo traidor!

Se llevó la mano al bolsillo y, tanteando a duras penas, consiguió extraer de su interior un objeto de color rojo. Era una pequeña navaja. Se levantó haciendo grandes esfuerzos y, tras dar un par de pasos, se dejó caer de nuevo en el sofá. Miró la navaja de arriba a abajo, le dio varias vueltas y sonrió cínicamente. Leyó la pequeña inscripción: “Para Toni, te quiere, Lucía”.

-Esa navaja era para mí, hermano, era para mí. He hecho lo que debía hacer. Ahora pertenece a su verdadero destinatario.

La abrió, tocó torpemente con un dedo su filo y se hizo un pequeño corte.

-Siempre me haces lo mismo, ¿nunca te cansas de hacerme daño?

La cerró, se tumbó boca arriba en el sofá y se quedó pensativo durante un largo tiempo. Dio una vuelta y, de nuevo, se levantó a trompicones y, tropezando con todo lo que había en su camino, llegó a la televisión. La encendió tras pulsar repetidas veces el botón equivocado y proferir algunas maldiciones sin sentido. Sobre la televisión, otra fotografía. La cogió y la miró. Era Lucía. Estaba preciosa en esa foto. Siempre le había gustado ese retrato. Lucía era rubia, de pelo liso y larga melena. Sus ojos marrones se le clavaban en el corazón cada vez que los miraba. Sonreía y esa sonrisa le atravesaba el alma. La seguía queriendo. Apartó la vista de la foto por unos segundos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se dejó caer en el suelo, abatido y desesperado. En la televisión anunciaban uno de esos productos que sólo se venden a altas horas de la madrugada y que prometen hacerte adelgazar diez kilos en una semana. Miró a la televisión y allí se encontraban un hombre y una mujer hablando maravillas sobre un revolucionario aparato que conseguía ponerte en forma en sólo un par de días. Él no veía nada, no le importaba nada de aquello. Se incorporó apoyando la mano en la mesita de la tele, que se tambaleó. Afortunadamente, no se desplomó. Recogió del suelo la foto en la que salían él y su hermano y, con la de Lucía en la mano, se acercó de nuevo al sofá y se sentó. Se le estaba pasando el mareo. Dejó las dos fotos sobre la mesita del salón, junto a la botella de whisky casi vacía.

La tiró al suelo, enrabietado, de un manotazo. Se llevó las manos a la cara y rompió a llorar de nuevo. Con las lágrimas en los ojos, cogió la navaja y volvió a mirar aquella maldita inscripción.

-¿Cómo pudisteis hacerme esto? Lucía, yo te quería. Toni, eras mi hermano, mi mejor amigo.

Seguía llorando y hablaba con la voz entrecortada. Recordó aquel fatídico día en que su vida comenzó a ser un desastre. Fue un día de mayo, hacía ya cuatro o cinco años. Ni siquiera recordaba con exactitud la fecha. Él había salido con su novia, su hermano y algunos amigos. Estaban en la discoteca, bailando y pasando un buen rato cuando notó que su novia y su hermano habían desaparecido. Los buscó por toda la pista, por la barra, mirando a un lado y a otro, sin lograr encontrarlos. Fue a los servicios y lo único que vio allí fue a un chico, de unos dieciocho años recién cumplidos que, vomitando, alzó levemente su cabeza y lo miró con los ojos perdidos y con una palidez que le aterró. Después, salió de la discoteca y buscó en el aparcamiento. Nada. Cansado y pensando que tal vez se habían ido a casa o a tomar el aire, decidió regresar a la calidez de su hogar por su cuenta, ya que al día siguiente, por si fuera poco, tenía que madrugar para llevar a su madre de compras. Se dirigió a buscar su coche y, cuando estaba llegando, una idea furiosa lo asaltó. Aun así, pensó que era imposible. Siguió avanzando y divisó al fin su Ford Fiesta rojo. Se acercó y pudo ver como unas sombras inquietas se movían en su interior. Prefería no pensar que su idea tuviera, siquiera, algún viso de realidad. Pero así fue. Abrió la puerta del coche y se quedó de piedra, sin poder decir nada. Lucía y Toni estaban dentro, besándose. Recordó que sólo pudo decir “Lucía, no” y se fue corriendo de allí movido por la rabia. Nada más recordaba de esa noche. Al día siguiente, Lucía lo dejó, diciéndole que ya no le quería, que estaba saliendo con su hermano desde hacía unos meses sin que nadie supiera nada. Su mundo y su vida se vinieron abajo. No podía creer que las dos personas que más quería lo traicionaran de aquella manera. Incluso había pensado en pedirle matrimonio a su novia y ahora todos sus planes se rompían. El futuro para él dejó de existir desde aquella noche. Empezó a beber, lo despidieron de su puesto de trabajo y no había conseguido ni un mísero empleo desde entonces. El tiempo era lo de menos y, a decir verdad, el tener o no trabajo le daba igual. Casi todo el dinero que conseguía lo invertía en alcohol o en tabaco y, esporádicamente, en otro tipo de drogas más fuertes. Estaba acabado desde hacía mucho tiempo y esa noche estaba decidido a terminar con todo.

Abrió la navaja, despacio, sin prisa. El tiempo no importaba. Puso su mano sobre la mesita, esa que le había regalado su hermano, de forma que quedaba justo en el medio de las dos fotos, tapándose a él mismo y dejando ver sólo a Toni y a Lucía. Con la otra mano, sujetaba la navaja. Miró hacia arriba y, en voz muy baja y entrecortada dijo:

-Dios mío, perdóname por todo lo que hice y por lo que voy a hacer.

De pronto, sonó el timbre de la puerta. Una voz cálida pero desconocida, le habló desde el otro lado:

-Sé lo que quieres hacer. Tienes mucho que forjar aún en esta vida. Detente si es que buscas ese perdón del que hablas.

Sorprendido, se levantó, dejó la navaja sobre la mesita y se dirigió a la puerta. La abrió. No había nadie, pero un gran resplandor se diluía poco a poco. Bajó la mirada. Sobre el felpudo de su puerta, había un papel. Sobre él, unas letras garabateadas:

“Juan 8:32. Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.

Unos instantes de confusión azotaron su mente. De pronto, todo cobró sentido. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. No había duda. Hasta aquel momento había estado viviendo una mentira. Aquellos sucesos le habían mostrado una verdad que desconocía, pero que no podía seguir ocultándose más. Y la solución no estaba en aquella navaja, pues aquello habría sido arrojar la toalla demasiado pronto. Ahora era libre, ya no era esclavo de aquella gran mentira que era su vida. Por primera vez en mucho tiempo sentía que había recobrado el control de su vida y que todo lo que había vivido hasta aquel instante no había sido más que un mal sueño del que había logrado despertar a tiempo.

Un sueño eterno

El doctor Rinus observaba con desidia una de las probetas de su laboratorio. El cuerpo le temblaba como mil terremotos desatados en lo más recóndito de sus huesos. Y también estaba el dolor. Ese dolor penetrante, agudo y desesperante. El mero hecho de respirar le causaba un insano padecimiento, como si cientos de agujas se le clavaran en el esternón y un yunque muy pesado oprimiera su pecho. Dio con esfuerzo un paso adelante. Palpó la silla que estaba a su izquierda y soltó un suspiro bronco. Una honda convulsión le recorrió el cuerpo. Emitiendo lastimosos quejidos, pudo al fin sentarse. No podía comprender el origen de su dolor y eso le espantaba. Ni siquiera recordaba los nombres de todos los médicos que había visitado en busca de una solución a su terrible enfermedad.

Trató de pensar en algo para ocupar su mente y librarla del dolor insoportable, pero solo podía pensar en una cosa. Maldijo aquel veinte de noviembre de dos mil cuarenta y cuatro cuando todo empezó.

Aparentemente, aquella mañana fría iba a ser normal. La noche anterior había dejado preparados algunos líquidos y materiales para comprobar una de sus sesudas teorías que haría las delicias de los más aclamados científicos de la época. ¡Ah! ¡El éxito! Se había acostumbrado tanto a él que apenas ya podía satisfacerle. Sus innovadoras teorías y sus mediáticos experimentos lo habían colmado de gloria entre sus colegas e incluso entre el gran público, siempre ávido de personajes estrambóticos. Sin duda, él lo era. Había llegado a fundar su propio canal de televisión online, donde recreaba famosos experimentos propios y ajenos en coloridos y chillones escenarios. Le gustaba ataviarse con extraños modelos y hablaba con voz estridente para captar la atención de sus potenciales espectadores. Sí, el doctor Rinus era, sin duda, una incipiente estrella mediática y científica cuando se desató el dolor aquel fatídico día de invierno.

Recordaba cómo se había levantado con una sensación extraña apoderándose implacablemente de sus músculos. En una hora, aquel entumecimiento repentino fue mutando hacia una ligera molestia en cada uno de sus tendones, como unas ligeras y juguetonas agujetas. Dos horas más tarde, apenas podía soportarlo. Su cuerpo era una amalgama de músculos retorcidos y sufrimiento intolerable. Se mordía los labios secos, que pronto se inundaron de sangre y su boca rezumaba saliva teñida de un rojo muy oscuro. Se inyectó varias dosis de morfina hasta que cayó en un sueño terrible. Cuando despertó, el dolor seguía allí y pronto descubriría que no tenía intención de marcharse.

Efectivamente, había tenido que aprender a vivir con él y no tardó en descubrir cómo hacerle frente de una manera poco ortodoxa. Había descubierto que, en un estado consciente, su dolencia era incurable. La morfina apenas paliaba un tercio de su sufrimiento y medicinas más fuertes no conseguían nada más que inducirle un sueño poco reconfortante. Pero el sueño era exactamente la respuesta. En sueños existe una vida paralela, un mundo onírico particular y tan vívido que a veces ni siquiera se puede diferenciar de lo real. Es allí donde el doctor Rinus vivía. Después de largas investigaciones y noches en vela soportando lo intolerable, había construido una pequeña máquina a través de la cual podía entrar en un estado onírico donde todo era posible, donde no había padecimiento ni pesar. Cuando la usaba, el doctor Rinus se sentía fuerte, caminando por senderos embarrados y escalando picos montañosos tan pendientes como ángulos rectos asentados en lo más profundo de la tierra. Se sentía libre tocando el cielo con las manos, jugueteando con las nubes y deshaciéndolas como algodón puro y blanco. Creía ser un héroe salvando vidas de indefensos y diminutos seres acorralados por monstruosos criminales. Allí era feliz.

Aquella tarde no era distinta a muchas otras. El doctor Rinus, hastiado del dolor y de una penosa jornada sintiéndose el más desgraciado de los científicos terrestres, decidió hacer uso de la máquina. Se levantó de la silla haciendo mucha fuerza en sus muslos y un pinchazo sordo le atravesó su pierna derecha. Apretó los labios y entrecerró los ojos, tratando de aliviar su sufrimiento. Al fin, se alzó débil como un muñeco de paja azotado por un vendaval sin piedad. Se dirigió cojeando hacia la máquina, su salvación hecha de cables, circuitos y ceros y unos. Pulsó unos cuantos botones y pensó en el programa del sueño. Hoy quería algo tranquilo. Caminaría entre árboles, quizás pinos o castaños. La suave brisa le arrullaría como el dulce sonar de un caramillo y él solo se dejaría llevar. Pondría un río. Eso siempre le tranquilizaba. Quizás incluso habría algún cervatillo, al que él observaría desde la distancia. Se sentaría sobre el tocón marchito de un árbol y masticaría algo de hierba. Se dejaría convencer por el aroma fresco de la naturaleza, por el fulgor del sol iluminando un claro de bosque, por el sonar lento y continuo del arroyo. Sin más dilación, se colocó el casco sobre su cabeza calva y pálida. Cerró los ojos lentamente. El sueño comenzaría a llegar y el dolor sería solo algo irreal, algo que no pertenecía a su mundo. Hacía mucho tiempo que había dejado de considerar vida ese lapso de tiempo entre sueño y sueño. Era un purgatorio, un mundo terrible del que quería escapar.

De pronto, se le ocurrió algo. En un arranque de fuerza que le hizo gritar de furia, rabia y dolor se quitó el casco de la cabeza y lo arrojó con impulso hacia la mesa, antes de que el sueño pudiera tomar su cuerpo por completo. Apenas podía moverse, preso del dolor más intenso que jamás había experimentado. Pero ya había tomado una decisión. En el panel de mandos de su máquina marcó un par de números más. La duración del sueño, que había fijado en dos horas, ya no le parecía apropiada. ¿Qué sentido tenía despertarse tras dos horas para volver a una realidad de la que ya no se sentía parte? Ahogando en suspiros los tremendos dolores que sentía, cambió la duración del sueño y pulsó el botón de aceptar.

Se encorvó formando un pequeño signo de interrogación convulso y recogió el casco. Todos los huesos de su cuerpo crujieron y los músculos se tensaron. Su mandíbula se desencajó y la boca parecía un manchón negro de pintura emborronado con pequeñas pinceladas de pintura blanca. Parecía querer gritar sin voz, como un cuadro de Edvard Munch, silencioso y grotesco. Se colocó el casco y se tumbó como pudo en la camilla. Mil cuchillas se le clavaban a lo largo del cuerpo, cien en cada pierna, otras tantas en cada brazo, doscientas en el pecho y cuatrocientas le perforaban con saña su cabeza. No podía soportarlo más. Por suerte, el sueño comenzó a tomar su cuerpo y notó como, poco a poco, las cuchillas iban abandonando su cuerpo, como si su organismo las expulsara. Sus heridas se cerraban limpias y las cuchillas caían al suelo sin una gota de sangre en sus filos.

Habían pasado apenas cinco minutos y el doctor Rinus caminaba ya por una senda llena de hojas tostadas que crujían bajo sus pies. Sonreía como nunca antes lo había hecho. Se mojó las manos en un arroyo claro que corría mansamente y lamía unas rocas muy redondas con paciencia infinita. Se sentía ágil. Saltó, corrió y se tiró sobre un manto de hojas al pie de un árbol altísimo. Miró al cielo y vio las nubes correr, componiendo formas aquí y allá. Miró al cervatillo, tierno, como salido de un viejo cuento infantil. Se sintió vivo, vivo de verdad.

En el laboratorio, un panel de luces parpadeaba. Era la máquina del sueño de Rinus. En una pantalla pestañeaba la palabra “Error” en dígitos color escarlata. Más abajo, en letras más pequeñas, indicaba “El tiempo introducido es erróneo. Por defecto, el tiempo de sueño se ha establecido como indefinido. No utilice la máquina hasta reprogramar el tiempo.” Pero eso, el doctor ya lo sabía. Nunca volvería al mundo de los vivos. Para él, no tenía sentido. A ojos extraños, se quedaría para siempre postrado en una camilla de un laboratorio, oculto bajo tierra, donde seguramente nadie le encontraría hasta que él hubiera disfrutado de varios reconfortantes baños en el agua clara del arroyo. Probablemente, su cuerpo moriría antes de inanición. En realidad, no había pensado en ello, pero no tenía importancia. ¿Para qué despertar en un mundo que odias? ¿Por qué no pasar un poco más de tiempo en un mundo mejor, donde todo parece real y uno se siente realmente vivo? Así pensaba el doctor Rinus y así, en efecto, murió. Cuando lo encontraron, era poco más o menos que un esqueleto con piel. Su cuerpo se había consumido poco a poco, mientras él jugueteaba con el cervatillo, que se había convertido en su gran compañero de viaje. Desconectaron la máquina, que ya no podía hacer nada por su creador, y se lo llevaron. Lo que más les sorprendió fue la sonrisa que se adivinaba todavía en el rostro pálido y escuálido del doctor Rinus.

Daniel no es nombre de marinero

OLYMPUS DIGITAL CAMERALos reflejos de la luz sobre el agua semejaban pequeñas perlas en movimiento sobre la superficie de las minúsculas olas, que golpeaban débilmente los barcos amarrados al pequeño embarcadero. El cielo estaba encapotado y las nubes grises dibujaban un cielo fantasmal y opaco, majestuoso y austero, todo al mismo tiempo.

Daniel observaba, asomado a la barandilla, aquellas barcas de pescadores. Las que más le atraían eran las más modestas. Le encantaba el color de la pintura desvaída sobre la oscura madera roída, pues pensaba que aquellas desgastadas barcas habían pertenecido antiguamente a terroríficos piratas que surcaban el mar en busca de galeones cargados de relucientes y maravillosos tesoros. La inocencia que otorga la infancia es tan fuerte que es capaz de convertir unas cuantas maderas claveteadas y mal pintadas en un antiguo barco pirata que habría navegado durante años y años dirigido por un valiente capitán.

A Daniel le gustaba mucho pasear por el puerto del pueblo. Soñaba con ser pescador, poseer una de esas barcas e imaginar las hazañas que tuvieron lugar en ella, mientras luchaba con los bravos animales marinos en busca de una gran pieza que le hiciera famoso en el misterioso y hermético mundo de la mar. Muchas veces, en la soledad de la noche, se imaginaba cómo sería aquel momento y esbozaba en su mente, con rápidos trazos, de qué manera capturaría la gran pieza a la que aspiraba. No tenía ni idea de peces, pero sabía que él pescaría el mayor pez jamás visto por ningún marinero.

Su padre charlaba amigablemente con un conocido al que había encontrado en aquella mañana gris. Era temprano y no había colegio. Daniel no se imaginaba mejor manera de pasar una mañana de vacaciones. Todas las noches, antes de acostarse, le preguntaba a su padre si al día siguiente iban a ir a pasear al puerto. Su padre solía hacerse de rogar antes de contestarle, a sabiendas de que eso inquietaba sobremanera a su hijo. Después de que Daniel insistiera unas cuantas veces, el bueno de Don Pedro asentía con la cabeza y le regalaba una amplia sonrisa. Don Pedro sabía de su afición por la pesca y el mar y le era imposible evitar aquel divertimento diario.

Daniel advirtió la llegada de una pequeña barca de color blanca y verde, con la pintura visiblemente estallada y de aspecto bastante endeble. Un hombre, que portaba un gorro oscuro de lana, remaba lentamente hacia el embarcadero más cercano a Daniel. Era un marinero, un descendiente de la brava raza de los piratas. Siempre había deseado hablar con uno de ellos, cuestionar e interrogar a un lobo de mar en busca de historias antiguas y leyendas de los océanos. La barca se acercaba cada vez más y Daniel pudo observar que aquel hombre tenía la cara maltratada por el sol y la sal. Su pelo enmarañado semejaba una especie de red de pesca, un símil que le pareció francamente divertido. Pero su diversión se fue transformando poco a poco en nerviosismo. El corazón le latía fuerte y alto, como si se le saliera del pecho y todos pudieran escuchar su ritmo febril y alocado. Barruntaba en su mente la idea de saludar y charlar con aquel marinero, pero le asustaba el encontrarse hablando, de repente y por propia voluntad, con un extraño de pasado, presente y futuro desconocido.

Una voz lo sacó de sus pensamientos y los rompió en mil pedazos:

-Hola chico.

Era el marinero. Daniel se quedó quieto, mudo. No en vano, estaba hablando con un descendiente de aquellos hombres ricos y valientes que hacían del mar su modo de vida. Era un descendiente de bucanero.

-¿Qué pasa chico? ¿Temes a un viejo marinero?

Daniel sólo pudo balbucear unas palabras incomprensibles y que, probablemente, él mismo desconocía.

-¡Vamos muchacho! ¡Dile a este viejo lobo de mar cómo te llamas!

-Da… Da… Daniel. Me llamo Daniel.

-Daniel no es nombre de marinero.

Aquella frase le sonó a Daniel como una bravuconada sin sentido. Lo llenó de rabia y espoleó su aturdida mente.

-¿Por qué dice usted eso? ¿Acaso usted lo sabe todo?

-Vaya, vaya. Parece que el tímido muchacho ha despertado. Verás, chico, Daniel es nombre de profeta.

La inseguridad volvió a hacer acto de presencia en las palabras y el alma de Daniel. La rabia inicial se diluía.

-¿Profeta? ¿Qué es un profeta?

-Es un hombre que puede ver el futuro. Tiene un don divino.

Daniel estaba desconcertado.

-¿Un don divino? ¿Como un mago?

El marinero sonrió y, tras una leve pausa que aprovechó para atar el cabo de la barca al puerto, respondió:

-Algo así, amigo Daniel.

La rabia había dejado paso a la curiosidad y la admiración contenida.

-¿Y por qué es nombre de profeta?

-Daniel fue un gran profeta de Dios. Vivió hace muchos años y era un gran político en la época de los grandes reyes babilónicos.

-¿Babilónicos?

-Sí, amigo Daniel. Un gran imperio que existió hace muchísimos años.

Daniel asintió para que el marinero entendiera que podía continuar.

-Daniel veía el futuro, pero a causa de su gran don divino fue condenado a morir siendo arrojado a un foso con leones.

-¿Y murió? ¡Si era un mago!

El marinero rio abiertamente, con una carcajada estruendosa que desconcertó a Daniel. Percibiendo esto, el marinero recuperó su tono de voz interesante y continuó:

-No, Daniel, no murió. Dios lo salvó y ordenó a los leones que no lo comieran.

-¿Dios puede hacer eso?

-Te sorprendería lo que Dios puede hacer. Lo puede todo.

-Es un gran mago, entonces.

-Sí muchacho, es un gran mago. El mayor mago que pueda haber en el cielo y en la tierra.

Daniel se quedó pensativo. Creyó escuchar, por primera vez, una leyenda de viejos piratas y marineros. La leyenda de un mago que era capaz de cualquier cosa, incluso de salvar a otro mago que portaba su mismo nombre de una muerte casi segura en un foso lleno de leones. Aquella historia le impresionó tanto que hizo un enorme esfuerzo por recordar cada una de las palabras que habían salido de la boca de aquel viejo marinero. Quiso grabar a fuego en su mente cada una de ellas. Pero de nuevo, la voz grave y turbia del marinero quebró sus ensoñaciones:

-¿Ves como Daniel no es nombre de marinero? – preguntó divertido el viejo.

-Sí, ya veo – respondió tímidamente.

-Yo en cambio sí poseo un nombre de mar, un nombre con el cual puedo hacerme a la mar sin temer a nada. Me llamo Jonás.

-¿Jonás es nombre de marinero?

-¡Desde luego que sí! Del único marinero que fue capaz de salir del vientre de una ballena una vez que esta lo hubo tragado.

-¡Eso no es posible!

-Sí, sí. Sé que cuesta creerlo, pero fue así. Y todo porque así lo quiso Dios. Él quiso castigarlo y lo encerró en aquel vientre inmundo como un apestado. Pero también fue el mismo Dios quién lo quiso sacar de allí.

-¿Y por qué Dios le hizo eso?

-Porque le había desobedecido. Pero incluso así, le perdonó y lo salvó. Jonás se enfadó con Dios, le desobedeció e incluso le insistió para que le quitara la vida. Y aun así, Dios no lo rechazó. Jonás era un mensajero, un emisario divino y de todos es sabido que el mar es el canal más divino y celestial para transmitir un mensaje. Por eso yo soy marinero.

Daniel volvió a sumergirse en el océano de sus pensamientos. Cientos de preguntas se juntaban en su mente y se golpeaban unas con otras con inusitada fuerza. No conseguía poner en orden su pensamiento. Nunca nadie le había hablado de aquel mago que hacía aquellas cosas tan maravillosas y que tenía el destino de los hombres en su mano. Ni siquiera su padre le había dicho nunca nada de aquel gran hechicero. Recordaba, eso sí, como antes de la muerte de su madre, acudían a una gran casa que su madre llamaba Iglesia. De repente, le vino a la mente una frase pronunciada por su padre el día del entierro de su madre: “Él nos ha abandonado”. Rápidamente, como por un golpe de intuición fabuloso, enlazó aquella frase con ese Dios del que le hablaba aquel marinero.

Una vez más, el marinero puso fin a tantos pensamientos sin forma ni estructura:

-Y dime Daniel, ¿qué quieres ser de mayor?

-Marinero- respondió con una firmeza impropia de un infante.

-¡Oh, vaya! Entonces temo haber roto tu sueño – dijo como si ya supiera previamente su respuesta. – De todas maneras, hay otras muchas cosas que puedes hacer.

-Pero yo quiero ser marinero.

Daniel volvió a sentir aquel sentimiento inicial de rabia y contrariedad.

-Me temo, Daniel, que tu destino no será ese.

-¿Y cuál es mi destino entonces?- preguntó en un tono algo impertinente.

-Serás rey en tierra, Daniel.

-¿Rey? ¿Rey de qué?

-Un rey sin corona.

El marinero le sonrió. Daniel sintió una especie de escalofrío que le dejó heladas las venas. Observó, absorto, como el marinero volvía a desamarrar el cabo que ataba la barca al puerto. El viejo seguía sonriendo, con la cabeza agachada. Era consciente aquel curtido marinero de que sus palabras habían tenido un gran efecto en aquel niño, infante aún. Sabía que nunca olvidaría aquel encuentro.

-¡Piensa en lo que te dije cada vez que mires al mar! – gritó el marinero, alejándose.

Daniel levantó la vista para despedirse del hombre, pero le sorprendió lo que vio: nada, sólo el mar y los barcos. El marinero había desaparecido como si hubiera sido engullido por el mar. Las palabras de aquel hombre resonaban aún en la mente de Daniel. No iba a ser marinero. Lo había aceptado ya. De repente, una mano le tocó el pelo. Era su padre.

-Vamos Daniel. Se hace tarde. Regresemos a casa.

-Papá, ¿hay reyes sin corona?

Su padre se quedó sorprendido por aquella extraña pregunta y, sin saber exactamente a qué se refería su hijo, le respondió:

-Supongo que sí, Daniel. Hay gente que se siente como un rey y no tiene corona.

-¿Y yo cómo me puedo sentir como un rey sin serlo?

-No sé hijo, el tiempo te enseñará, supongo.

En aquel momento, a los seis años de edad, supo que aquel hombre le había dado la mejor noticia posible. Entendió que ser marinero, para aquel viejo, no era otra cosa que una especie de penitencia, un castigo divino por el que hubo de pagar con una vida solitaria y dura. De repente, la inocencia se desvaneció. Sería un rey sin corona. No habría castigo por el que pagar, ni penas por redimir. Sólo sería un hombre afortunado, lo cual le llenó de alegría y pena al mismo tiempo. El mar, aquel mundo de bellos peces y bravos hombres, en realidad, estaba lleno de hombres desterrados y afligidos, cuya pena era tan grande que toda la tierra no era suficiente para esconderla.

La última barricada

La soberbia, el poder, la estupidez
La malicia, la violencia y las armas
Se extienden como hormigas
Infectando un mundo virgen y puro
Un ejército global y mundial
Una fábrica de guerras y muertes
Conquistando las banderas de la paz
Arrasando las fronteras de la Humanidad
Y cuando ya no queda nada
Allí estás tú
Detrás de la última barricada
Dónde nada más importa
Que tus ojos y mi boca

Como palabras susurradas al viento

Como palabras susurradas al viento
Vino a mí tu nombre
Como brisa en los oídos desiertos
En una lengua ancestral
La Fortuna acarició mi espalda
Tibia, impasible, pura
Al volverme comprendí y vi
Mi pequeño mundo en llamas
Nada ya será igual
Nada podrá detener nuestro paso

Un poder insaciable, una fuerza eterna

Surgiendo de la nada
De una chispa
Nació nuestro Universo

La cicuta

En sueños se manifiesta,
como pura, ausente, ensimismada,
quiero tocarla y no puedo
mi locura raya lo absurdo.

Me envuelve Morfeo,
quiero despertar y no puedo
soñar es desesperar
pero despertar es morir.

Razón de mi pecado
epónima de mi vida
fluir de mis venas
causante de revoluciones.

Retorcido en la capa
de Fortuna y Situación
forjadora de parejas
y causa de sus desgracias.

Guardo en mi hatillo
la cicuta de mi alma
enfrascada en sentimiento
hasta el día que te vayas