Daniel no es nombre de marinero

OLYMPUS DIGITAL CAMERALos reflejos de la luz sobre el agua semejaban pequeñas perlas en movimiento sobre la superficie de las minúsculas olas, que golpeaban débilmente los barcos amarrados al pequeño embarcadero. El cielo estaba encapotado y las nubes grises dibujaban un cielo fantasmal y opaco, majestuoso y austero, todo al mismo tiempo.

Daniel observaba, asomado a la barandilla, aquellas barcas de pescadores. Las que más le atraían eran las más modestas. Le encantaba el color de la pintura desvaída sobre la oscura madera roída, pues pensaba que aquellas desgastadas barcas habían pertenecido antiguamente a terroríficos piratas que surcaban el mar en busca de galeones cargados de relucientes y maravillosos tesoros. La inocencia que otorga la infancia es tan fuerte que es capaz de convertir unas cuantas maderas claveteadas y mal pintadas en un antiguo barco pirata que habría navegado durante años y años dirigido por un valiente capitán.

A Daniel le gustaba mucho pasear por el puerto del pueblo. Soñaba con ser pescador, poseer una de esas barcas e imaginar las hazañas que tuvieron lugar en ella, mientras luchaba con los bravos animales marinos en busca de una gran pieza que le hiciera famoso en el misterioso y hermético mundo de la mar. Muchas veces, en la soledad de la noche, se imaginaba cómo sería aquel momento y esbozaba en su mente, con rápidos trazos, de qué manera capturaría la gran pieza a la que aspiraba. No tenía ni idea de peces, pero sabía que él pescaría el mayor pez jamás visto por ningún marinero.

Su padre charlaba amigablemente con un conocido al que había encontrado en aquella mañana gris. Era temprano y no había colegio. Daniel no se imaginaba mejor manera de pasar una mañana de vacaciones. Todas las noches, antes de acostarse, le preguntaba a su padre si al día siguiente iban a ir a pasear al puerto. Su padre solía hacerse de rogar antes de contestarle, a sabiendas de que eso inquietaba sobremanera a su hijo. Después de que Daniel insistiera unas cuantas veces, el bueno de Don Pedro asentía con la cabeza y le regalaba una amplia sonrisa. Don Pedro sabía de su afición por la pesca y el mar y le era imposible evitar aquel divertimento diario.

Daniel advirtió la llegada de una pequeña barca de color blanca y verde, con la pintura visiblemente estallada y de aspecto bastante endeble. Un hombre, que portaba un gorro oscuro de lana, remaba lentamente hacia el embarcadero más cercano a Daniel. Era un marinero, un descendiente de la brava raza de los piratas. Siempre había deseado hablar con uno de ellos, cuestionar e interrogar a un lobo de mar en busca de historias antiguas y leyendas de los océanos. La barca se acercaba cada vez más y Daniel pudo observar que aquel hombre tenía la cara maltratada por el sol y la sal. Su pelo enmarañado semejaba una especie de red de pesca, un símil que le pareció francamente divertido. Pero su diversión se fue transformando poco a poco en nerviosismo. El corazón le latía fuerte y alto, como si se le saliera del pecho y todos pudieran escuchar su ritmo febril y alocado. Barruntaba en su mente la idea de saludar y charlar con aquel marinero, pero le asustaba el encontrarse hablando, de repente y por propia voluntad, con un extraño de pasado, presente y futuro desconocido.

Una voz lo sacó de sus pensamientos y los rompió en mil pedazos:

-Hola chico.

Era el marinero. Daniel se quedó quieto, mudo. No en vano, estaba hablando con un descendiente de aquellos hombres ricos y valientes que hacían del mar su modo de vida. Era un descendiente de bucanero.

-¿Qué pasa chico? ¿Temes a un viejo marinero?

Daniel sólo pudo balbucear unas palabras incomprensibles y que, probablemente, él mismo desconocía.

-¡Vamos muchacho! ¡Dile a este viejo lobo de mar cómo te llamas!

-Da… Da… Daniel. Me llamo Daniel.

-Daniel no es nombre de marinero.

Aquella frase le sonó a Daniel como una bravuconada sin sentido. Lo llenó de rabia y espoleó su aturdida mente.

-¿Por qué dice usted eso? ¿Acaso usted lo sabe todo?

-Vaya, vaya. Parece que el tímido muchacho ha despertado. Verás, chico, Daniel es nombre de profeta.

La inseguridad volvió a hacer acto de presencia en las palabras y el alma de Daniel. La rabia inicial se diluía.

-¿Profeta? ¿Qué es un profeta?

-Es un hombre que puede ver el futuro. Tiene un don divino.

Daniel estaba desconcertado.

-¿Un don divino? ¿Como un mago?

El marinero sonrió y, tras una leve pausa que aprovechó para atar el cabo de la barca al puerto, respondió:

-Algo así, amigo Daniel.

La rabia había dejado paso a la curiosidad y la admiración contenida.

-¿Y por qué es nombre de profeta?

-Daniel fue un gran profeta de Dios. Vivió hace muchos años y era un gran político en la época de los grandes reyes babilónicos.

-¿Babilónicos?

-Sí, amigo Daniel. Un gran imperio que existió hace muchísimos años.

Daniel asintió para que el marinero entendiera que podía continuar.

-Daniel veía el futuro, pero a causa de su gran don divino fue condenado a morir siendo arrojado a un foso con leones.

-¿Y murió? ¡Si era un mago!

El marinero rio abiertamente, con una carcajada estruendosa que desconcertó a Daniel. Percibiendo esto, el marinero recuperó su tono de voz interesante y continuó:

-No, Daniel, no murió. Dios lo salvó y ordenó a los leones que no lo comieran.

-¿Dios puede hacer eso?

-Te sorprendería lo que Dios puede hacer. Lo puede todo.

-Es un gran mago, entonces.

-Sí muchacho, es un gran mago. El mayor mago que pueda haber en el cielo y en la tierra.

Daniel se quedó pensativo. Creyó escuchar, por primera vez, una leyenda de viejos piratas y marineros. La leyenda de un mago que era capaz de cualquier cosa, incluso de salvar a otro mago que portaba su mismo nombre de una muerte casi segura en un foso lleno de leones. Aquella historia le impresionó tanto que hizo un enorme esfuerzo por recordar cada una de las palabras que habían salido de la boca de aquel viejo marinero. Quiso grabar a fuego en su mente cada una de ellas. Pero de nuevo, la voz grave y turbia del marinero quebró sus ensoñaciones:

-¿Ves como Daniel no es nombre de marinero? – preguntó divertido el viejo.

-Sí, ya veo – respondió tímidamente.

-Yo en cambio sí poseo un nombre de mar, un nombre con el cual puedo hacerme a la mar sin temer a nada. Me llamo Jonás.

-¿Jonás es nombre de marinero?

-¡Desde luego que sí! Del único marinero que fue capaz de salir del vientre de una ballena una vez que esta lo hubo tragado.

-¡Eso no es posible!

-Sí, sí. Sé que cuesta creerlo, pero fue así. Y todo porque así lo quiso Dios. Él quiso castigarlo y lo encerró en aquel vientre inmundo como un apestado. Pero también fue el mismo Dios quién lo quiso sacar de allí.

-¿Y por qué Dios le hizo eso?

-Porque le había desobedecido. Pero incluso así, le perdonó y lo salvó. Jonás se enfadó con Dios, le desobedeció e incluso le insistió para que le quitara la vida. Y aun así, Dios no lo rechazó. Jonás era un mensajero, un emisario divino y de todos es sabido que el mar es el canal más divino y celestial para transmitir un mensaje. Por eso yo soy marinero.

Daniel volvió a sumergirse en el océano de sus pensamientos. Cientos de preguntas se juntaban en su mente y se golpeaban unas con otras con inusitada fuerza. No conseguía poner en orden su pensamiento. Nunca nadie le había hablado de aquel mago que hacía aquellas cosas tan maravillosas y que tenía el destino de los hombres en su mano. Ni siquiera su padre le había dicho nunca nada de aquel gran hechicero. Recordaba, eso sí, como antes de la muerte de su madre, acudían a una gran casa que su madre llamaba Iglesia. De repente, le vino a la mente una frase pronunciada por su padre el día del entierro de su madre: “Él nos ha abandonado”. Rápidamente, como por un golpe de intuición fabuloso, enlazó aquella frase con ese Dios del que le hablaba aquel marinero.

Una vez más, el marinero puso fin a tantos pensamientos sin forma ni estructura:

-Y dime Daniel, ¿qué quieres ser de mayor?

-Marinero- respondió con una firmeza impropia de un infante.

-¡Oh, vaya! Entonces temo haber roto tu sueño – dijo como si ya supiera previamente su respuesta. – De todas maneras, hay otras muchas cosas que puedes hacer.

-Pero yo quiero ser marinero.

Daniel volvió a sentir aquel sentimiento inicial de rabia y contrariedad.

-Me temo, Daniel, que tu destino no será ese.

-¿Y cuál es mi destino entonces?- preguntó en un tono algo impertinente.

-Serás rey en tierra, Daniel.

-¿Rey? ¿Rey de qué?

-Un rey sin corona.

El marinero le sonrió. Daniel sintió una especie de escalofrío que le dejó heladas las venas. Observó, absorto, como el marinero volvía a desamarrar el cabo que ataba la barca al puerto. El viejo seguía sonriendo, con la cabeza agachada. Era consciente aquel curtido marinero de que sus palabras habían tenido un gran efecto en aquel niño, infante aún. Sabía que nunca olvidaría aquel encuentro.

-¡Piensa en lo que te dije cada vez que mires al mar! – gritó el marinero, alejándose.

Daniel levantó la vista para despedirse del hombre, pero le sorprendió lo que vio: nada, sólo el mar y los barcos. El marinero había desaparecido como si hubiera sido engullido por el mar. Las palabras de aquel hombre resonaban aún en la mente de Daniel. No iba a ser marinero. Lo había aceptado ya. De repente, una mano le tocó el pelo. Era su padre.

-Vamos Daniel. Se hace tarde. Regresemos a casa.

-Papá, ¿hay reyes sin corona?

Su padre se quedó sorprendido por aquella extraña pregunta y, sin saber exactamente a qué se refería su hijo, le respondió:

-Supongo que sí, Daniel. Hay gente que se siente como un rey y no tiene corona.

-¿Y yo cómo me puedo sentir como un rey sin serlo?

-No sé hijo, el tiempo te enseñará, supongo.

En aquel momento, a los seis años de edad, supo que aquel hombre le había dado la mejor noticia posible. Entendió que ser marinero, para aquel viejo, no era otra cosa que una especie de penitencia, un castigo divino por el que hubo de pagar con una vida solitaria y dura. De repente, la inocencia se desvaneció. Sería un rey sin corona. No habría castigo por el que pagar, ni penas por redimir. Sólo sería un hombre afortunado, lo cual le llenó de alegría y pena al mismo tiempo. El mar, aquel mundo de bellos peces y bravos hombres, en realidad, estaba lleno de hombres desterrados y afligidos, cuya pena era tan grande que toda la tierra no era suficiente para esconderla.

Ella y el mar

oregon-943264_1920Su mirada se perdía en lo más profundo del horizonte. El mar, a veces traidor silencioso, otras cómplice de los más íntimos pensamientos humanos, golpeaba con fuerza las rocas. Sentado sobre una de ellas, en lo alto de un accidentado y escamoso acantilado, él se fundía con el impresionante paisaje de la costa. A su derecha, se extendía una larga playa de pálida arena. A su izquierda, se aparecía, como un ejército de amenazantes lanceros, un amplio y solitario bosque. El cielo, como conocedor de la desgracia de aquel hombre, se teñía de gris y parecía dejar caer algunas lágrimas sobre la abandonada playa, lágrimas que el mar absorbía, no sin que antes dejasen su marca sobre la superficie del mismo. Aquel hombre quería ser como aquellas gotas, que en su tristeza se arrojan como desesperadas al mar en busca de la unión consigo mismas, como si se reencontraran nuevamente con lo que son y sólo en el trayecto que recorren desde el cielo hasta el mar dejaran de serlo. Aquellas gotas semejaban, para aquel desdichado, las vidas de todos los humanos, puesto que es el nacimiento y la muerte lo que todos tenemos en común y sólo en vida nos diferenciamos unos de otros. De esta manera, aquellas gotas parecían venir todas de un mismo lugar y, de hecho, todas acababan en idéntico paraje. ¡Qué gran tristeza afligía el corazón de aquel individuo! Pensaba qué felices eran las gaviotas que sobrevolaban la costa, pues no han de preocuparse más que de procurarse algún sustento durante el día y de descansar de cuando en cuando.

Primero, gotas, ahora quería ser gaviota. Cualquier cosa menos seguir atrapado en aquel cuerpo de hombre que no dejaba resquicio para que su atormentada alma se desperezara de todas sus pesadas penas, carga y lastre para su vuelo, y se elevara libre como un globo.

El viento agitaba los cabellos del hombre, que se mostraba indiferente e impasible ante ello. Con las rodillas dobladas y sus brazos rodeándolas, semejaba una pétrea figura esculpida en aquellas extraordinarias rocas. Sólo la agitación de sus cabellos daba alguna vida a aquella singular escultura. Se preguntaba, en su interior, si realmente era merecedor de la triste fortuna que le había deparado el destino y que, de ser así, no era consciente de que tantos males hubiera perpetrado a lo largo de su vida como para que fuera castigado de tal desmesurada manera. Luego pensaba que no puede existir destino tan cruel y poco piadoso que tanta pena pudiera cargar sobre los hombros de un ser humano y acababa por no saber si se encontraba en aquella situación por causa de la mala fortuna, del vil destino que le fue asignado, por los designios de algún injusto dios que le había castigado o le había puesto a prueba tan cruelmente, o si había sido solo un accidente sin más. Pensó que la fortuna existe y que posiblemente se había cebado con él sin saber el motivo, que el destino tal vez es sólo un camino más de la fortuna. Prefirió quitar de su mente el pensamiento de un cruel dios, pues si existe alguno, no pudiera su crueldad llegar hasta tal punto. Si quería retarle o poner a prueba sus virtudes, no hacía falta tan tremendo castigo.

Con estos pensamientos se le iba el tiempo, que no entiende de penas ni de alegrías y que camina con paso firme e impasible ante los sucesos de todas nuestras vidas. El sol, tímido y vergonzoso, parecía asomar ligeramente por entre las grises nubes que se amontonaban en el cielo. Semejaba como cansado y parecía querer retirarse ya a su nocturno lecho para ser relevado en lo alto del firmamento por la luna. Un débil rayo de sol se extendió hasta el mar y, apenas reflejado en el agua, se volvió a esconder. Como si aquello se tratara de un aviso de la naturaleza, el hombre se levantó, observó desde lo alto del acantilado lo espacioso del horizonte y luego le mostró la espalda para comenzar a andar.

Dio unos pasos y, como si fuera tan pesada su tristeza que no pudiera ni dar dos zancadas cargando con ella, se detuvo, cogió aire y suspiró. Una lágrima afloró en sus ojos y luego recorrió su mejilla hasta que, como aquellas efímeras gotas de lluvia, se deshizo en su piel. Reemprendió el paso y se marchó de aquel lugar, jurando volver todos los días de su vida hasta encontrar la respuesta a su amarga y dolorosa pesadumbre. Un escalofrío acompañó aquel juramento, como si se tratara de un testigo que estuviera allí con él para dar fe del mismo. La noche parecía ya caer y teñir de negro el cielo poco a poco y aquel hombre, con paso penitente y pesaroso, se alejaba cada vez más de allí. En su mente, ella. Ella, que fue como una de aquellas gotas arrojadas al océano, desapareciendo para siempre de la faz de la tierra para formar parte de un todo eterno: el mar. Él sabía que tarde o temprano seguiría el mismo destino. En su mente afloraba la idea de reunirse con ella de la única forma posible, porque estaba cansado de sufrir, de revolverse cada noche en sus pensamientos, de ser compañero únicamente de la soledad. Se paró de golpe en mitad del camino y apretó los puños maldiciendo lo trágica que era su vida. Creía firmemente que se había cometido una injusticia, que había sido víctima de un complot vital y que tenía que ser compensado de alguna forma. Pensó que entregar su vida sin más y sin luchar por su destino no era la mejor manera de demostrar que estaba dispuesto a reconducir sus pasos. Se dio la vuelta y se acercó de nuevo al acantilado. Allí, majestuoso y bravo, se extendía y se encogía el mar con bruscos golpes y con un estruendo fuera de la normal. Miró al mar, desafiante y envalentonado. Sus ojos se llenaron de lágrimas, fruto de la rabia y de la melancolía. Sin más, dejó pasar el tiempo.

En la soledad de la noche es cuando las ausencias cobran vida. Las imágenes, los recuerdos, las sensaciones y las emociones vienen a la mente como cuchillas afiladas. Su caso no era una excepción. Se revolvía en la cama con la locura que provoca el cansancio cuando se olvida del sueño. La imagen de ella caminando lentamente hacia él en un estrecho camino al borde del mar le sumía en un éxtasis mágico pero doloroso. Recordaba su cara, aquel rostro angelical y redondeado sobre el que caía un largo cabello oscuro y brillante. Su caminar, como fantasmal y ligero, le fascinaba. Cada noche, durante horas, se torturaba a sí mismo imaginando que el hueco de su cama no era tal, que a la mañana siguiente todo sería como era dos años atrás. Sin embargo, al abrir los ojos volvía a la dura realidad, la que día a día le golpeaba en la cara con espantosa crueldad. Todo era igual, nada había cambiado y eso, para él, era algo más que insoportable. Aquella noche no fue distinta a las demás, como tampoco lo sería la mañana. En mitad de aquella tortura nocturna y monótona, se levantó empapado en sudor y lágrimas. Aquello se repetía, noche tras noche, como un macabro ritual. Todas las madrugadas como aquella recorría la distancia que separaba su dormitorio y el salón de la casa a oscuras y se dejaba caer, desplomado por el cansancio mental, en el desvencijado sofá situado en el centro de la estancia. Encendía la pequeña lámpara que ocupaba la mesilla al lado del sofá y tomaba en sus manos un pequeño marco de madera. En aquel marco había una fotografía en la que estaban los dos, cogidos de la mano y sonrientes, en mitad de un campo. Todas las noches susurraba palabras observando aquella fotografía, como si ella pudiera escucharle. De hecho, él pensaba que así era.

-Sé que, estés donde estés, me estás escuchando. Quiero que sepas que te amo, que siempre lo haré. Sabes que todas las noches te lo digo y sé también que eres consciente de mi sufrimiento, aunque a veces tengo dudas sobre esto. No sé, tal vez no estés tan cerca de mí como pienso. Si tan sólo pudiera volver a verte, simplemente eso. Sabes que me cuesta mucho vivir así, que creía ser duro y que nada podía hacerme daño. Lo seguiría pensando si no fuera porque te conocí. Sí, ahora sé que sí había algo que podía hacerme daño y es tu ausencia.

De repente, escuchó un golpe seco en la calle que interrumpió su monólogo. Se levantó lentamente dejando el marco sobre el sofá con sumo cuidado. Se asomó a la ventana y observó que se había levantado un fuerte viento en mitad de la noche que había tumbado un contenedor. Sin más, volvió al sofá y, cogiendo de nuevo la fotografía en sus manos, prosiguió su discurso:

-Sabes, amor, que pienso que hay que buscar siempre algo por lo que luchar por muy difícil que sea de conseguir. Es más, creo firmemente que es necesario fijarse un ideal imposible al que tener como referencia, como el sol en el horizonte. Creo esto porque, aunque sea imposible de alcanzar, hay que fijarse metas inalcanzables para lograr lo máximo posible. Incluso a veces, lo que uno cree inalcanzable, lo llega a tocar con la yema de los dedos aunque no pueda retenerlo en sus manos. Como tú. Por eso ahora vuelvo a buscarte y no pienso parar hasta encontrarte. Una mirada, un roce de tus manos, una señal, algo. Necesito algo.

En ese momento, rompió a llorar. Había conseguido mantenerse firme y entero durante todo el tiempo. Sin embargo, la idea de no volver a verla le rompía el corazón en mil pedazos cada vez que le venía a la mente. A pesar de todo, mantenía un hilo de esperanza respecto a poder volver a sentirla, de alguna manera, a su lado.

Como cada tarde, cogió su coche y se dirigió hacia el acantilado. Recorrió el estrecho y tortuoso sendero que conducía hacia el borde de aquel maldito precipicio y se sentó en un pequeño montón de piedras, algunas afiladas y otras más planas, como si fueran el reflejo de las vidas de los seres humanos, unas más complejas y difíciles de recorrer, otras más livianas y con menos obstáculos que superar. Con gesto apesadumbrado, agachó la cabeza y cerró los ojos. Se concentró en el sonido de las olas golpeando las rocas desgastadas, pero desafiantes, que salpicaban la superficie del mar. Aquel sonido le traía a la mente los recuerdos de aquella tarde que marcó su vida. Con suma nitidez recordó como ella, sonriente y despreocupada, se acercaba hacia él por aquel camino. Recordó, con cruel exactitud, como a la altura de unas pequeñas zarzas al borde del camino, se levantó una fuerte ráfaga de viento que, primero elevó el vestido de aquella chica y luego la hizo desaparecer con una rapidez inusitada. Aquella chica era su novia, a la que amaba con locura. Aquella ráfaga de viento la hizo caer al mar, que la engulló sin piedad ante su impotencia y desesperación. En aquel momento quiso tirarse tras ella, pero comprendió que, ante aquello, nada podía hacer. Desde aquella, su único deseo era volver a sentirla junto a él.

Un escalofrío recorrió su cuerpo y, de paso, lo sacó de sus pensamientos. Aquella tarde hacía frío y el cielo estaba salpicado de oscuros nubarrones que amenazaban con descargar su húmedo contenido. Él se incorporó lentamente decidido a marcharse de aquel lugar tras cumplir su ritual diario. Se dio la vuelta y enfiló el camino de vuelta al coche. Sin embargo, una sensación de calma le invadió. No se sentía así desde hacía por lo menos dos años. Aquella calma le hizo viajar en el tiempo y le situó instantes antes de la tragedia. Notó un soplo de aire caliente en su rostro y tuvo la sensación de que ella estaba allí. Con sincera emoción, pero con calma, preguntó:

-¿Eres tú, amor?

Tuvo la sensación de que alguien le tocaba la mano, aunque allí no había nadie. Convencido, prosiguió:

-Sé que eres tú.

Sintió una alegría inmensa en su interior. Aparentemente estaba solo en aquel lugar, mas él sabía que no era así. Volvió a sentarse en el montón de rocas al borde del precipicio y sintió como una brisa de aire cálido le acariciaba su brazo y su cabello.

-No sabes cuánto te he echado de menos. Son ya dos años y todavía no he aprendido a vivir sin ti. Todas las noches no dejo de pensar y de decir lo mucho que te amo con la esperanza de que puedas escucharme. ¿Es así?

En ese momento pudo sentir como un soplo de aire caliente y húmedo le rozaba los labios. Aquella sensación le emocionó profundamente y sintió un gran alivio interior.

-Desde que te fuiste, no he vuelto a sentirme tan bien como ahora. Sé que estás ahí y eso es suficiente.

Las lágrimas afloraron en sus ojos y recorrieron sus mejillas, como gotas de agua sobre una hoja en la mañana compitiendo por ser la primera en dejarse caer sobre la tierra. Sin embargo, aquellas lágrimas se disolvían a la altura de los labios, cuando él notaba un ligero roce de unos invisibles dedos sobre sus mejillas. Por primera vez en mucho tiempo, él esbozó una sincera sonrisa, muy distinta de aquellas fingidas que se había acostumbrado a repartir a lo largo del día.

El mar, calmado y sereno, mostraba su cara más dulce en aquella extraña tarde. Las nubes dejaban traslucir un pequeño rayo de sol que rompía la homogeneidad de la superficie marina con su fulgor. Aquel hombre, atormentado y melancólico durante dos largos años, se sentía ahora pleno de felicidad. Lo inalcanzable, aquella tarde y por segunda vez en su vida, se convirtió en lo posible. Nunca más volvió a sentir lo que sintió aquella tarde, pero su alma se liberó de un peso que, de otra forma, hubiera quedado siempre atrapado en aquel cuerpo de hombre. Nadie más que el mar y el viento fueron testigos de aquel encuentro. Él entendió que su vida seguía teniendo sentido. En definitiva, que había motivos para seguir luchando y que los ideales inalcanzables eran tan necesarios como el respirar.

Los sillones también mueren

Nadie comprende lo que es y para lo que sirve nunca. Incluso aquellos que dicen tener muy claro todo lo que han de hacer, qué pasos conviene dar y los motivos de sus decisiones no hacen más que engañarse a sí mismos y a los demás permanentemente. Lo sabré yo, que he visto pasar ante mis ojos a individuos cuyas aspiraciones vitales eran tan diferentes y tan iguales, al mismo tiempo. Y ellos, sin embargo, no eran conscientes de que, tras su velo de falsa certidumbre, se escondían anhelos que en nada o, en algunos casos, muy poco se distinguían de los deseos de los demás. Aunque tal vez sí pueda anotar en mi historial de seres vivos que tuvieron la condescendencia de tejer su destino ante mi inerte presencia un caso un tanto diferente.

Era una viejita, de no menos de siete décadas de edad. Ella sólo quería vivir. Sí, simplemente vivir. Esa era su única aspiración. Otros han pasado y ninguno de ellos ha pronunciado esa mágica palabra, evocadora como pocas: vida. Cuanto más uno la repite, más vivo se siente. Eso era lo que la sostenía. Solía posarse sobre mí y, con los ojos entrecerrados, alargaba su mirada a través de la ventana y sonreía. Sonreía viendo cómo jugaban los niños, cómo soñaban las almas de los inocentes, cómo el tiempo se posaba en aquel trozo de ciudad que ya era suyo por insistencia. Era una sonrisa tierna, cálida y melancólica. Ni un resto de maldad tenía cabida en aquel rostro triste y maltratado por una vida a la que amaba. Esa vida se truncó cuando el malnacido de su hijo la arrancó de su hogar y la lanzó de cabeza a una muerte en vida. Ingresó en el Asilo de Milflores el 15 de agosto de 1998, en una tarde tórrida como pocas. Ingresó como quien ingresa en un hospital con las horas contadas, con una herida incurable en el corazón.

Murió al poco tiempo, de tristeza y de amargura, según dicen. La peor enfermedad para una viejita que perdió su fe en la vida a manos de un energúmeno, cuya máxima pretensión era el poder disfrutar de un piso en el centro de la ciudad a bajo coste, esto es, lo que le valió un mes del asilo de su madre. Así es la vida, crees en ella y te da una puñalada trapera. Su hijo, más por desidia que por pena, decidió vender el piso y marcharse de vacaciones al Caribe.

Adolfo era diferente. Lo delataba su prominente barriga, similar a un tonel de bodega. No en vano, se cuidaba mucho de mantener bien lleno el estómago de vino o de cualquier otra bebida espirituosa que se terciara. No hacía ascos a ningún licor y gustaba de aquellos más exóticos, porque pensaba que de aquella manera uno se empapaba de mundos ajenos al propio y rellenaba su maltrecho cerebro con elementos de otras culturas. Desconocía Adolfo que lo único que hacía era rellenar su hígado con pólvora de la buena hasta el previsible e inminente estallido final. Fue Adolfo, Adolfito para los amigos, el primero que cambió mi ubicación tras la muerte de la viejita y la venta del piso. Me desterró a un rincón oscuro, alejado de la ventana. El aroma a lavanda fue sustituido por un fétido hedor compuesto por licores de todo tipo, color y aroma, tabaco y tierra húmeda. En ocasiones derramaba sobre mí vasos enteros de vino y así fue como aparecieron las primeras manchas en mi piel. La viejita solía recubrirme con una colcha aterciopelada que maravillaba por su extrema suavidad, una suavidad que casi dolía de lo fantástica que era. Podía sentir sobre mi piel todos los hilos y lanas de aquella colcha como si fueran míos, como si me pertenecieran. Adolfo había retirado la colcha y me mostraba desnudo, sin más. Me sentía frío. El calor y la ternura de la viejita eran ya tiempo pasado.

A Adolfo se lo llevó un camión, en plena avenida principal de la ciudad a mediodía. Con una melopea de las que hacen historia, Adolfito se lanzó al mar de humos y metales que era la avenida a esas horas. La serpiente de metal y tizne lo arrasó. Un camión lo atropelló y nadie vino a reclamarlo. No se le conocía familia ni nada que se le pareciera. Así, entre vapores de alcohol y humo, Adolfo se fue.

El siguiente en llegar al piso fue otro hombre, un tal Pedro Costas. Costas era un empresario de pacotilla, más mafioso que empresario, poseedor de un ridículo imperio económico, como él solía llamarle a su más que dudoso negocio. Costas era un mediocre, cuya mente era incapaz de hilvanar más de dos frases con sentido, pero tenía el dinero suficiente como para que otros pensaran por él. Así fue como se convirtió en empresario o, más bien, en especulador profesional. La naturaleza lo había privado de la inteligencia necesaria como para aprender a valerse por sí mismo, pero su familia se empeñó en llevarle la contraria y una jugosa herencia le hizo poseedor de un más que interesante botín. Cuando uno tiene dinero, sólo necesita sentarse a esperar y las moscas empiezan a caer por sí mismas delante de tus narices. Eso fue, exactamente, lo que hizo Pedro Costas. Enseguida aparecieron los chupópteros de turno ofreciéndole cambiar su preciada montaña de oro por sierras y cordilleras repletas de diamantes. Y, claro, Costas no se negó y emprendió un fabuloso viaje por la Ruta del Oro, embarcado en un galeón en el que los capitanes eran otros y los esclavos, también. Él se limitaba a mirar, a observar cómo subían y subían las cifras de su libreta bancaria. Y sonreía. Sonreía como lo hacen los niños cuando les ponen un dulce ante sus ojos, con una mezcla de inocencia y avaricia en los ojos. Costas compró el piso para hacer negocio, puesto que uno de los varios asesores que formaban su patético séquito le había recomendado adquirir unos cuantos pisos para alquilarlos luego a ingenuos inquilinos a los que explotar. Y Costas aceptó. En el fondo, le encantaba saberse superior a los demás y sentir la agradable sensación de poder jugar con la vida y con los destinos de la gente. En ocasiones llegó a sentirse Dios. Y así fue como desfilaron por el piso un incontable número de inquilinos entre los que cabe contar estudiantes que no merecerían tal nombre, otros que sí lo merecían, obreros de todo tipo, pasantes y un largo etcétera. Todo esto en el plazo de un par de años en el que me fui sintiendo cada vez más viejo. Mi vida dio un acelerón para el que no estaba preparado y, de repente, sentí que necesitaba un reposo. Y llegó. Costas decidió dejar pasar un tiempo hasta volver a alquilar aquel piso, en parte porque el negocio no le salió tan redondo, en parte porque el resto de sus artimañas económicas parecían no resultar.

Un día, Costas entró por la puerta, sudoroso y afligido, maletas en mano. Su sonrisa grasienta había desaparecido y en su lugar aparecía en aquella cara gruesa una boca como de payaso triste. La soberbia y la arrogancia se la dejó en la alfombrilla de la entrada, porque nunca más volvió a ser parte de él. Estaba hundido. Su corte se había rebelado y habían decidido darle jaque al rey. Unas simples maniobras estratégicas bastaron a sus otrora asesores para quedarse con todo su dinero y sus propiedades. De repente, Costas no era nadie, o tal vez, nunca había sido nadie. Costas empezó a trabajar en un supermercado, pero aquella vida le resultaba insoportable. Estaba viviendo en un piso que hasta hace poco era nido de Don Nadies y se negaba a admitir que se había convertido en todo lo que él odiaba. Su popularidad y su altanería se disolvieron y, de repente, aquella gota que era Costas se disolvió en un vaso de agua y pasó a ser parte del todo, del vulgo. Poco tiempo después abandonó el trabajo en el supermercado y decidió jugarlo todo a una carta. Desempolvó su agenda e hizo algunas llamadas. De su andadura por los mundos del capital le habían quedado unos cuantos contactos de mafiosos y estafadores poco recomendables. Justo lo que necesitaba en aquel momento, o eso creía. A aquel piso comenzaron a llegar zafios individuos con aspecto de hampones, caras llenas de cicatrices y brazos maltratados por las agujas. Aquella casa se llenó de humo y de cobardía, de espanto y de miseria, de odio y de desprecio. Era la noche eterna, las persianas siempre estaban bajas y la luz natural era casi un privilegio. Los flexos sustituyeron a mis amados rayos de sol. Era maltratado a diario. Sentía el roce de las pistolas en mi piel, las cenizas de los cigarros me quemaban mis brazos y pronto empecé a darme cuenta de que mis horas estaban contadas si continuaba inmerso en aquella vida inhumana, mezquina y cruel. Costas fue envejeciendo, cada vez más rápido. Las arrugas se dibujaban a una velocidad pasmosa en su cara. Aquella vida le estaba matando y yo me sentía morir con él. Afortunadamente, no duró mucho tiempo y un par de años más tarde su apuesta por el lado salvaje de la vida le llevó al cementerio, previo paso por la cárcel. Costas se suicidó entre rejas. Sólo los cobardes son capaces de hacer algo así. No pagó por sus actos y su egoísmo fue incapaz de aceptar que otros le azuzaran y le condenaran. Quiso ser su propio juez y verdugo.

Por aquel entonces, yo comencé a notar que mi espalda cada vez crujía más, que mi cuerpo no era ya aquel cuerpo mullido y esponjoso que acogía a la viejita. Me sentía cada vez más débil y sin fuerza. Mi piel perdía elasticidad y rigidez, me llenaba de arrugas y de manchas. Me percaté de que ya habían sido muchos los seres a los que había servido y, no sin horror, me di cuenta de que todos ellos (al menos los que más tiempo habían convivido conmigo), habían desaparecido de la faz de la tierra. Me dispuse a disfrutar lo máximo posible del tiempo que me quedaba. Comprendí el sueño imposible de todos los que acariciaron o destrozaron mi piel: el ser eterno. Pero me acordé de la viejita y, por primera vez en mi vida, sentí pena. Pena por lo que ya no está, por lo que es intocable, por lo que se olvida. Me había olvidado de su cara, de sus rasgos y de su blanca sonrisa. De su inocencia, en fin. Es triste ver pasar ante tus ojos las vida de otros, ver cómo se van poco a poco, como se consumen en sus esperanzas y en sus decepciones, sentir sus frustraciones y sus pesares. Quise morir, arrojar la toalla y proclamar a la vida que no vale la pena, insultarla con rabia y pedirle de rodillas que me hiciera desaparecer. Pero todo eso sería inútil. En la soledad de aquella estancia consumida por la oscuridad me sentía desfallecer, me desvanecía poco a poco.

Un día alguien abrió la puerta. Era un hombre relativamente joven, un tanto canoso y risueño. Le seguían un par de niños y una mujer con una niña en los brazos. Aquella mujer destilaba ternura y bondad. Mis ánimos reavivaron y aquellos síntomas de despedida desaparecieron. Hablaban y hablaban, y se reían mucho. Se instalaron un mes después en el piso. Me cambiaron de ubicación y me pusieron de nuevo junto a la ventana. Por fin volví a notar la suave y cálida caricia de los rayos del sol y los tibios labios de la luna en la noche. La brisa me hacía revivir y de repente volví a sentirme como en los viejos tiempos. Aunque aquellos críos a veces me lastimaban, clavando sus pies juguetones en mis huesos, yo me volvía a sentir vivo de nuevo. Todo cambió a partir de una tarde de verano. Habían pasado ya tres años desde que la familia vivía en el piso. Los niños habían crecido y comenzaba a aflorar en ellos la locura instintiva del adolescente. Aquella tarde, los niños jugaban a la pelota en la sala. Su madre estaba tendiendo la ropa en el balcón, a salvo del griterío de aquellos pequeños salvajes. De repente, una pelota por el aire, un salto y el gran crujido. Me recorrió un gran dolor, un dolor seco y punzante. El niño había agarrado la pelota cayendo sobre mí y, sin percatarse de la mortal herida que me había causado, siguió jugando ajeno a mi fatal problema. Me desangré por dentro. El dolor era tan fuerte que casi dejé de sentirlo y me sumí en un letargo blanco y puro. Era como si hubieran extendido sobre mí una gran manta. Dejé de sentir, ni dolor ni placer.

A la mañana siguiente llamaron a la puerta. El padre abrió y habló con un joven que estaba parapetado en la puerta con una gran caja de color oscura. No entendí lo que dijeron, pues por aquel entonces yo ya había perdido casi toda mi capacidad auditiva. Mis sentidos se habían congelado por completo durante aquella gélida y triste noche. Era casi un ser inerte, pura inconsciencia viva. El hombre de la caja entró y se arrodilló a mi lado. Hurgó en mi piel, me manoseó y me pinchó con un instrumento que no llegué a identificar. En ese momento, perdí la poca visión que aún conservaba. Más blanco, más amargura. Creo que el hombre de la caja dijo algo como “ya no vale”. No recuerdo si esas fueron las palabras exactas, ni siquiera sé si realmente las escuché. Lo único que sé es que me arrancaron de aquel suelo que había sido mío, como se arranca un árbol de la tierra en la que ha echado raíces y que le pertenece. No me dolió, ya no podía sentir. Me acordé, otra vez, de la viejita. Era un 15 de agosto y me trasladaron a un lugar frío, que apestaba a humedad. Un mes después, en la soledad de mi ceguera, de un mundo que había dejado de ser mío, noté un calor súbito, un latigazo de placer y una calma inmensa. Aquel día supe que estaba muerto. Como pensaba, a mí también me llegó el final. Igual que la viejita, igual que Adolfo, igual que Costas. Igual que les llegaría a los que, aquel día, me arrancaron del piso. Al fin y al cabo, los sillones también mueren.