Reflexión arácnida

Una mosca. Sí, era una mosca. Aquellos enormes y nerviosos ojos la delataban. Trataba de desligarse de aquella pegajosa trampa mortal. ¡Inocente! Su lucha era en vano. Tal vez unos segundos de vida más. No había vuelta atrás. Había sido una inconsciente. No me preocupaba lo más mínimo aquella angustia vital, aquel amasijo desesperado que agitaba la red. Si fuera capaz de apiadarme de todo aquel que cae en mi trampa, probablemente habría muerto de hambre hace ya tiempo. Y no sería respetada. Respeto: lo más importante.

Reparé en la capacidad de lucha de aquella mosca. Sin duda, demostraba coraje. O tal vez era la impotencia de saberse muerta en vida. Quizás se habría percatado de que la estaba observando. Sus ojos revoloteaban, ágiles pero alterados. Los movimientos frenéticos y rabiosos de aquella mosca me resultaban curiosos. Aún no había aceptado su destino.

Decepción. Suponía que aquella mosca lidiaría más que las demás pero no lo hizo. Detuvo su baile perturbado al cabo de unos segundos. Era el momento. Adoro ese instante de resignación. Hasta el ser viviente que más aprecia su vida, languidece pronto ante la presencia de la muerte. Una lástima, pero no para mí. He aprendido a disfrutar con ello. Vivo por y para ello. La engullí, sin más. No apreciaba especialmente aquel sabor, pero no era capaz de vivir sin él. Me deleitaban más los momentos previos que el acto en sí. Cuando uno alcanza lo que quiere, todo se difumina. Necesitas más. Siempre es igual. No soy el único que se complace con esto. He observado como los humanos también lo hacen. Disfrutan aplastando al débil. Se regocijan en el sufrimiento ajeno. No les importa ser causantes de ello, incluso adoran serlo. La diferencia es que yo no tengo otra salida si quiero sobrevivir. Ellos no. Lo hacen por placer. Son crueles y despiadados. En ocasiones, he sufrido la soberbia de los hombres. Todo mi trabajo convertido en nada por placer. A veces, incluso, creo que lo hacen sin sentido alguno. No disfrutan con ello. Simplemente, lo hacen. Y eso es todavía peor. Construyen trampas continuamente. Casi se podría decir que toda su vida se la pasan tejiendo una gran red donde atrapar a las máximas víctimas posibles. Pero no se percatan de sus actos. Su inconsciencia llega a tal punto que pueden llegar a ser presos de su propia trampa. Por todo ello, prefiero seguir siendo una araña. Al menos, el sufrimiento de los otros tiene algún sentido.

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

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