Los pájaros

Miré al pájaro. Se acababa de posar en las ramas del árbol, que dibujaba su sombra amenazante en la ventana de mi cuarto. Era oscuro como la noche, el oscuro más profundo que se pueda imaginar. Sus ojos eran, también, negros como el azabache. Temía que me avistara, así que decidí esquivar su mirada hasta cuatro veces. Llegó, entonces, otro pájaro. Era blanco, tan blanco que casi se podía percibir su resplandor con los ojos cerrados. No pude evitar mirarlo, pues no me aterraba en absoluto. Sus verdes ojillos cargados de inocencia me hicieron sonreír.

El pájaro blanco posó sus ojos sobre el negro. Parecía una lucha imaginaria. Las espadas eran, en este caso, los ojos. Los míos, entonces, se apartaron del pájaro blanco y se centraron en el negro. Vi como éste empezaba a graznar cada vez más fuerte. El blanco, acto seguido, comenzó a gorjear. Entonces, se abalanzó sobre el negro y comenzó una lucha brutal. El pájaro negro, con sus oscuras y afiladas garras y su tenebroso pico, intentaba herir al blanco. Por su parte, el blanco, con sus patas melosas como la miel y su pico redondeado y suave, estocaba sin menor reparo a su contrincante.

La victoria cayó, tras un largo e intenso intercambio de golpes, del lado del pájaro blanco. Su rival se desplomó, precipitándose pesadamente al suelo. Apenas pude ver la caída, pero sí escuché el golpe del vencido sobre el asfalto y pude darme cuenta de que aquella ave, miembro de lo desconocido y de la oscuridad, era un cuervo. El pájaro blanco, victorioso, alzó sus alas, gozoso y simpático. ¡Qué vuelo tan bello y grácil! En aquel momento, me di cuenta de que aquel pájaro era, sin duda, una gaviota.

“Una victoria del bien”. Ese fue mi pensamiento en aquel instante. Una sonrisa furtiva se me adivinó en el rostro, mas pronto me di cuenta de mi error cuando, a través de los cristales de mi ventana, pude ver a aquel pájaro radiante y bello despojarse de su velo blanco y mostrar su oscuro plumaje. No cabía duda alguna: era otro cuervo. Sorprendido, me asomé a la ventana y, allí, sobre la acera, descansaba el cuerpo inerte de un esplendoroso pájaro blanco. Sabia lección me enseñó la vida aquel día, pues desde aquel suceso, me cuido mucho de no dejarme llevar por las apariencias.

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

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