El encuentro (y III)

(Lee las dos primeras partes de este relato: El encuentro (I)  El encuentro (II)  )

Sí, ya han pasado siete días. Y aquí estoy, en este viejo y oscuro callejón, esperando a algo o a alguien que quizás no acuda a la cita. Tal vez nunca existió, tal vez fueron sólo imaginaciones de una mente cansada y extenuada. Sí, quizás fue sólo eso. Un momento. ¿Qué es ese ruido?

-Sabía que vendrías, Merino.

-¿Eres tú? – respondí, como si no supiera de antemano la respuesta.

-¿Acaso esperabas a otra persona que no fuera yo?

De nuevo aquella risa atronadora y cruelmente jocosa.

-¿Ya has decidido Merino?

Me llené de valor. Había decidido y ahora era el momento de parecer contundente con mi respuesta.

-Sí, he decidido.

Un silencio tenso.

-¿Y bien? ¿Qué has decidido, Merino?

Estoy a punto de cambiar mi vida. Lo sé y es la hora de hacérselo saber al mundo o, al menos, a esta pequeña parte del mundo que se había formado, hacía una semana, en un triste callejón de ciudad.

-¡Rechazo tu oferta!

Ya está.

-¿He oído bien? ¿Rechazas mi oferta?

Debo parecer convencido. Realmente, no lo estoy, pero debo hacer ver que sí.

-Claro que la rechazo. Es una locura.

Veo sus ojos. Está cerca de mí, pero la oscuridad le ampara. Sus pupilas brillan.

-Me veo en la obligación de preguntarte los motivos, Merino.

Lo tengo preparado. Sé lo que debo decir.

-Nadie querría vivir eternamente. Nadie en su sano juicio, digo.

-¿Por qué piensas eso? Muchos hombres han ansiado algo así.

-¿De veras? Esos hombres no pensaron bien las consecuencias de la inmortalidad.

-¿Y tú sí lo has hecho, Merino?

-Sí. No vale la pena.

Otra vez ese silencio incómodo. Pero debo retomar mi alegato. A decir verdad, lo he meditado bien durante esta semana. Ahora es el momento de poner en orden mis ideas. Necesito retomar la iniciativa.

-No vale la pena. No tiene ningún sentido. Ver morir a tus seres queridos, uno tras otro. Ver a la humanidad destruir la Tierra y matarse los unos a los otros. Contemplar la destrucción, sentir el odio, la envidia, la hipocresía y la mentira. Ser cómplice de todos esos pecados no tiene ningún sentido.

Puedo ver sus dientes. Está sonriendo y va a decir algo.

-¿De veras todo es tan malo? ¿Y el amor?

-El amor sólo tiene sentido en una vida mortal. Nadie querría tener que padecer el desamor o la ausencia de su amada condenado a la eternidad.

-Entiendo.

Otra vez se calla. Yo también lo hago. Ya he dicho todo lo que tenía que decir. Oigo carraspear su garganta.

-Bien, Merino. Es tu decisión. Debes saber que nunca más podrás tener la posibilidad de decidir algo así. También debes saber que mi oferta será realizada a otra persona. ¿Quién sabe lo que decidirá esa persona? ¿Quién sabe para qué utilizará su inmortalidad? Quizás la utilice para sembrar el mal. Eso, Merino, sería en parte por tu culpa.

-¡Genial! He tomado la mejor decisión posible. Imagina tener que vivir con el sentimiento de culpa eternamente. De esta forma, será imposible.

Oigo su risa. Ahora es ya escandalosa. Parece haberle hecho gracia mi respuesta y, en cierta manera, a mí también me ha parecido un tanto cómica. Quizás, demasiado sarcástica y superficial tratándose de tal situación. Oigo sus pasos. Se está alejando. Sé que no va a volver y me siento aliviado. Supongo que he tomado la mejor decisión, no sé si para mí o para el mundo. Pero es mi decisión, al fin y al cabo. Y, realmente, ¿quién puede confiar en un extraño que te ofrece la inmortalidad en un callejón? No sé, ¿qué harías tú?

 

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

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