El encuentro (II)

(segundo capítulo del relato “El encuentro”)

Dudé por unos segundos si rogar clemencia ante aquella voz, ahora invisible, o ponerme a gritar socorro. No hice ninguna de las dos cosas, pues antes de que pudiera tomar una decisión, una sensación de calma comenzó a apoderarse de mi cuerpo. Nunca, en los cuarenta y cuatro años de mi vida, me había sentido tan relajado. Llegué a pensar que no estaba equivocado, que aquel ser, de alguna manera que yo desconocía, había segado mi vida y ahora me tocaría enfrentarme a todos los errores que había cometido a lo largo de mi existencia. No eran pocos. En mi carrera como ejecutivo y ahora director de una gran empresa farmacéutica había tenido que mover muchos hilos. Ya se sabe que cuando uno tiene capacidad para alterar los destinos de la gente, se cometen muchos errores y uno no puede replantearse todo lo que hace. No tendría sentido. No podría dar un paso si pensara en el mal que está generando cada una de mis acciones. Si fuera así, no movería un pie, no me levantaría cada día de mi cama. Incluso renunciando a todo tipo de acción, quién sabe el mal que podría estar causando. Tal vez hubiera podido salvar a alguien de morir atropellado con una simple advertencia si hubiera decidido levantarme una hora antes de la cama. Todo cuanto se hace y se deja de hacer tiene consecuencias. A veces, en el peor de los casos, funestas consecuencias. Es como si el Universo y todos sus seres estuvieran conectados por millones de hilos, de forma que cada vez que uno toma una decisión, miles y miles de hilos se mueven y cambian de posición. Definitivamente, no podía admitir que todos mis errores fueran reprochables.

-No estoy aquí para juzgarte, Merino. Al menos, de la forma en que tú piensas.

¿Cómo era posible? Aquel ser parecía conocer todos mis pensamientos, todas mis inquietudes. Estaba desconcertado, pero sabía que tenía que hacer algo. Comencé a aceptar que mi vida nunca sería igual y que, tal vez, nunca más podría pronunciar esa palabra: “vida”. La repetí mentalmente un par de veces.

-Vas a vivir, Merino. Pero quiero que escuches atentamente cada palabra que voy a decirte. Y quiero que me respondas a cada pregunta que te haga, ¿de acuerdo?

Dudas, de nuevo. Dudas y miedo, la peor de las combinaciones posibles. Cuando uno tiene miedo, sin más, el propio miedo actúa por él de manera que uno sólo tiene que dejarse llevar. Sin embargo, aquel sentimiento de eterna vacilación, de incertidumbre constante era casi insoportable. Una especie de sacudida de coraje recorrió mi cuerpo y me atreví a hablar:

-¿Quién eres?

Silencio.

Aquel mutismo me inquietó todavía más. La valentía que me había llevado a pronunciar aquellas dos palabras, aquel parco interrogante, se desvaneció tal y como había aparecido.

-No importa quién soy. De todas formas, si tanto te importa, puedes llamarme Gabriel.

Al fin, un nombre. Me pregunté si un atracador sería tan estúpido como para dar su nombre. Me percaté, no sin cierta sensación de desasosiego, de que si aquel ser estaba dispuesto a asaltarme, tal vez no tuviera excesivos reparos en mentirme. Y, si en el peor de los casos, era un asesino, entonces poco importaba que supiera su nombre. Me reproché mentalmente mi estupidez y falta de astucia. Aquella pregunta no había servido para nada más que para ganar unos segundos. Y quizás, ni siquiera eso, pues aquel ser parecía estar disfrutando con aquel tenso diálogo. En aquel instante, pude observar como aquella figura, que se había desvanecido, se mostraba, de nuevo, ante mis ojos. Esta vez, estaba unos pasos más cerca. Dos pequeñas perlas azuladas, a modo de ojos, eran lo único que podía apreciar en aquel velado rostro. Pude notar cómo respiraba. Sentía su aliento cálido cerca de mi cara y eso me asustaba. Sin embargo, ya no sentía que tenía que marcharme de allí. Decidí afrontar mi destino por una vez. Al fin y al cabo, había jugado con el de demasiadas personas y ahora era el turno de que el destino jugueteara conmigo. Lo había aceptado. Recordé las palabras con las que mi padre machacaba mis oídos cada vez que tenía oportunidad: “Algún día tendrás que dar cuenta de tus errores. Y recuerda que todos los errores son perdonables, excepto uno: no saber reconocerlos”. Sin duda, aquel era el momento. Las palabras premonitorias de mi padre parecían estar cobrando vida en aquella mañana, materializándose en aquel ser excepcional.

-¿Vas a escucharme ahora?

No dudé en mi respuesta:

-Lo haré.

Otra vez, silencio. No sé si mi rotunda respuesta había confundido a aquel ser o si sólo estaba tratando de impacientarme, de turbar mis pensamientos. Sin duda, lo estaba consiguiendo.

-Bien, Merino. Respóndeme a esta pregunta: ¿crees que mereces la vida?

La idea de que no iba a salir con vida de aquel callejón volvió a poseerme.

-Pues… supongo… supongo que sí.

Silencio.

Me armé de valentía. Si no iba a salir con vida de allí, al menos me quedaría el orgullo de haber cruzado la línea de la otra vida con la cabeza alta. Y, quién sabe, tal vez aquello sólo era una broma. Una muy macabra, sí, pero broma al fin y al cabo.

-Sí, la merezco. No tengo ninguna duda.

-Bien. Sabes que una persona que duda sobre si merece vivir o no, es muy probable que no sea merecedora de una vida, ¿no?

Me pareció percibir un tono jocoso en su voz. Pero pude intuir que aquella respuesta no le había desagradado. Esperé a que aquella voz prosiguiera la conversación.

-Si hoy estás aquí, Merino, es porque el destino, a veces, es caprichoso. En ocasiones, le brinda a uno la posibilidad de forjar su propio camino. Crees que tomas decisiones importantes todos los días, ¿verdad? Pues no es así, Merino. No lo haces. Tú sólo eres un títere más. Piensas que eres un demiurgo, ¿no es así? Inocentemente, crees que con tus actos creas o quitas vidas. Te equivocas. Tú eres Javier Merino, pero bien podrías ser uno de esos anónimos a los que cada día, con tus decisiones, condenas a una vida de sufrimiento y muerte. O tal vez, podrías ser uno más de esta ciudad, un privilegiado más. ¿Por qué eres Javier Merino? ¿Te lo has preguntado alguna vez? Respóndeme y hazlo ahora.

Aquella disertación había perturbado hasta tal punto mi mente que no sabía qué responder. Pero el eco de aquellas palabras, que aún resonaban en el vacío del callejón, me hizo contestar.

-No he escogido mi destino. Trabajo en Comafarma, una empresa farmacéutica, pero supongo que podría haber trabajado en cualquier otra empresa. Los avatares de la vida me han llevado a ser lo que soy.

Un crujido seco, como hojas marchitas y crujientes al ser pisoteados, llegó a mis oídos.

-Te equivocas, Merino. No ha sido el azar de la vida el que ha encaminado tus pasos. Nada es azar en esta vida. Eres lo que eres porque no puedes ser otra cosa. El ser humano es egoísta y ambicioso. Sus metas incluyen siempre la superación y el aplastamiento del otro. El ser humano, incluso, sueña con superar a la Naturaleza, vive para sustituirla. El hombre adora a la Ciencia y el deseo de la Ciencia es que el hombre sea capaz de dominar a la Naturaleza, más aún, anularla para poder crearla artificialmente por él mismo. El ser humano lo desprecia todo, incluso el tiempo. No puede aceptar que las flores crecen por obra de la Naturaleza, sino que tiene que ser él mismo el que consiga que sean más altas y germinen más rápido. Y tú, Merino, eres parte de esa aspiración. Dime, ¿crees que tus actos benefician a alguien?

-A la empresa, supongo. Y a millones de clientes en todo el mundo. Nuestros productos benefician a mucha gente. Esa es la verdad.

Un bufido áspero me estremeció.

-Supones, Merino. Supones porque no lo sabes. Desconoces todo cuanto te rodea, pero crees que lo sabes todo. Hablas de verdad. Yo te diré lo que es “verdad”. Es una palabra de seis letras, nada más que eso. La verdad es el sueño eterno de los totalitarios, la triste meta de los desdichados, una palabra alimentada por y para la ignorancia, una maldad brutal de la humanidad. Esa es la verdad. Debes desconfiar de ella y de aquel que pronuncia su nombre. Contéstame Merino: ¿crees que puedes salvar más vidas de las que ahora dices salvar? ¿Crees que está en tus manos aliviar el tormento de los infelices, de aquellos que tus ojos nunca verán?

Dudé, una vez más.

-Es posible, pero yo no puedo decidir eso. Mucha gente muere a diario y no podemos salvarlos a todos. Además, nuestros mercados son otros. Es cierto, existen vacunas y medicamentos para enfermedades que afectan a miles o millones de personas en todo el mundo, pero no son rentables. Una empresa es una empresa. No pretendo engañar a nadie.

Me pareció apreciar una mueca de desaprobación en aquel ser, si es que en aquella cara hubiera algo semejante a una boca.

-Lo haces, Merino. Te engañas a ti mismo. Optas por cerrarte los ojos. No te culpo, es lo más fácil. Quiero que eches a volar tu imaginación. Quiero que pienses que creas con tus propias manos un ser vivo. Digamos que es tu hijo. Te encargas de guiarlo por el buen camino y, cuando crees que está preparado para valerse por sí mismo, dejas que eche a volar, que sea él quien tome las decisiones. Al fin y al cabo, piensas que le has enseñado bien, que todo cuanto has dicho y hecho por él le ha calado hondo. Y entonces descubres que la huella que creías haber dejado en él, no existe. Peor aún, tu propio hijo se ha encargado de deshacerse de ella. Y ahora reniega de ti. Dice no conocerte. No sabe nada de cuánto le has enseñado. No entiende nada. Está perdido, pero no lo sabe. ¿Cómo te sentirías, Merino? Vamos, dime cómo te sentirías.

No tenía ni idea de a dónde quería llegar. Aquel diálogo me estaba atrapando y me era imposible, llegados a aquel punto, volver atrás.

-Mal, supongo.

Ahora, un resoplido.

-De nuevo supones. Por ignorancia. No sabes de lo que te estoy hablando, pues ni siquiera has hecho un esfuerzo por comprenderlo. No te interesa. Crees que son locuras, desvaríos de un ser extraño en un callejón. Tal vez sea eso, pero yo diría que es algo más. Sin embargo, te niegas a verlo. Dime Merino, ¿querrías ser el padre de un hijo perverso? ¿Querrías amamantar a la ineptitud y la estulticia? ¿Desearías apadrinar la tortura y el salvajismo? ¿Te jactarías de dar a luz al martirio del Universo? ¿Defenderías a un hijo que te traiciona, que reniega de su padre y estaría dispuesto a condenarlo a la más cruel de las torturas? Dime, ¿querrías ser el creador de semejante engendro?

Me desesperaba, cada vez más, aquel tono impertinente y altivo.

-No, no me gustaría. Pero no entiendo por qué me preguntas eso. ¿Qué es lo que yo puedo hacer? ¿Qué culpa tengo yo en todo eso?

Aprecié un gesto y me pareció escuchar un sonido similar a un chasquido de dedos.

-Ah, siempre pensando en la culpa, invento cruel y egoísta. Puesta en bocas ajenas es como un arma arrojadiza. Lo inunda todo. El mundo está lleno de culpables a ojos de otros culpables. Todos os culpáis, como si eso lavara vuestra conciencia.

No quería molestar a aquel ser que me estaba hablando. Al fin y al cabo, me encontraba en un callejón, a solas con aquel ente extraño. Consideré la disculpa como la mejor de las opciones posibles.

-No era mi intención molestarle. Lo siento mucho.

Un silencio corto, pero intenso.

-Falso arrepentimiento. Una vez más, tratas de engañarte a ti mismo, pues a mí no me engañan tus palabras. A pesar de todo, estás aquí porque has sido elegido.

“Elegido”. Aquella palabra no me daba excesiva tranquilidad y, menos aún, confianza hacia las intenciones de aquel ser.

-¿Elegido? ¿Para qué?

Pude notar como la voz me había temblado al pronunciar aquella pregunta.

-Estás inquieto y no te culpo. Tengo en mi mano algo que puede cambiar tu vida y quién sabe si la de mucha más gente. ¿Estarías dispuesto a aceptar un obsequio?

Realmente, no sabía qué contestar. Me estaba ofreciendo algo y no podía saber si era algo bueno o malo. Ni siquiera sabía por qué estaba hablando con aquella figura misteriosa. Opté por no comprometerme en mi respuesta.

-Depende.

Una risita confiada.

-La confianza no es una virtud del ser humano y tampoco es la tuya, Merino. Pero no te preocupes. Trataré de que comprendas que lo que aquí tengo no es un presente cualquiera. Piensa por un momento en la posibilidad de que tus actos perduren en la eternidad. Imagina poder superar la dictadura del tiempo. Es el sueño del ser humano, Merino. El tuyo también lo es, lo sé muy bien. Temes al tiempo, pues temes a la muerte. No lo comprendo. ¿Quién puede temer a algo que cuando llega ya no es uno consciente de que está? Pero así sois. El caso es que lo que yo tengo en mi mano te permitiría burlar a la muerte. ¿Te convence ahora mi ofrecimiento?

Había perdido totalmente la capacidad de hilvanar un solo pensamiento con sentido. No sabía lo que aquel ser pensaba hacer conmigo. Aquel ofrecimiento con el que el ente condescendía a mis oídos me seguía resultando demasiado misterioso y hermético como para aceptarlo sin más. Necesitaba saber más.

-¿De qué se trata?

Rio, de nuevo. Me inquietaba aquella carcajada. Me hacía dudar y, definitivamente, había descubierto que dudar no era algo que me agradara especialmente.

-Se trata del Santo Grial, de la vida eterna. La inmortalidad, Merino, la inmortalidad.

Pensé que realmente estaba perdiendo el tiempo con un chalado. Nadie en su sano juicio podía ofrecer algo semejante en aquellas circunstancias y en aquel momento. Y menos juicio demostraría aún cualquiera que pudiera creer aquellas palabras.

-No puedes hablar en serio. ¿Pretendes que crea que un extraño me puede estar ofreciendo la inmortalidad en un callejón de una ciudad, de camino a mi trabajo? ¡Es una locura! Si de verdad pretendes conseguir algo de mí, ese no es el camino.

Una carcajada. Luego, un breve silencio.

-Tú no me conoces. Sólo soy un mensajero, pero sí conoces a quién me manda. En todo caso, yo no estoy aquí para convencerte de nada. Eres tú el que debe convencerse. Es probable que nuestro diálogo no haya tenido la suficiente fuerza como para remover y agitar tu alma. Pero confío en el poder de las palabras. Tú deberías empezar a hacer lo mismo. Aunque es probable que hayas empezado a hacerlo, pues de lo contrario no estarías, aquí y ahora, hablando conmigo. Cuando salgas de este callejón tendrás siete días para tomar una decisión. Deberás decidir si quieres ser un mortal más o, por el contrario, quieres que tu esencia y tu presencia no se desvanezcan nunca. Tendrás que determinar si quieres permanecer y perdurar por siempre. Ahora es tu decisión, Merino. Nada más que tuya.

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

Un comentario en “El encuentro (II)”

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