El encuentro (I)

(Este relato se publicará en varias partes)

Recuerdo como caminaba, indeciso y dubitativo, por la avenida de aquella asfixiante ciudad. Mis pensamientos me agobiaban y el oscuro humo de las fábricas llenaba mis pulmones de negro hollín. Sabía que aquella mañana todo podía cambiar. O tal vez no. El caso es que había tomado una decisión.

A lo lejos, divisé el callejón. Quedaba todavía un buen número de pasos para llegar a él. En aquel callejón habría de encontrarme con Gabriel, aquel extraño personaje que me había asaltado en plena calle hacía ya una semana. Lo recordaba como si hubiera ocurrido unos instantes antes. Cuando algún acontecimiento puede ser tan decisivo en nuestras vidas, se convierte en una pesada carga que nunca nos abandona. Así era el recuerdo que poseía de aquel hecho tan misterioso y sorprendente.

Aquella mañana me había levantado tarde. Era lunes, día de trabajo. Cuando el fantasma del sueño abandonó mi cuerpo, mis ojos se abrieron pesadamente, con un esfuerzo sobrehumano como el que levanta una pesada roca sin más ayuda que sus propios brazos. La mirada borrosa se posó en aquellos números rojos y tintineantes. Me había quedado dormido. Llegaba tarde. De repente, como un resorte, me levanté de la cama despojándome de cualquier resto de cansancio. Es curioso y paradójico lo rápido que uno se olvida del agotamiento cuando piensa en lo mucho que tiene que hacer. Abrí el armario de par en par, dejando a la vista un caótico panorama de prendas y tonos grises. El tiempo dictaba, impasible, sus órdenes. Me vestí, tomé un vaso de zumo y salí de casa dando un sonoro portazo. Me dirigí al garaje con paso apurado e introduje la llave en la cerradura del coche.

De nuevo, otro portazo. Metí la llave en el contacto. Nada. Lo había olvidado. Tenía que haber llamado al taller hacía ya dos días. Por algún extraño motivo, el coche había dejado de funcionar. En la soledad y el tedio del fin de semana, había arrinconado todos mis pensamientos y obligaciones más inmediatas para sumirme en mi mundo de hastío y somnolencia. Salí del coche, resignado. Había caminado ya unos cuantos pasos por las solitarias calles de la ciudad cuando, de repente, me pareció escuchar que alguien pronunciaba mi nombre. Miré a mi alrededor. No había nadie. Seguí andando, sin concederle mayor importancia a aquel hecho. Pero de nuevo, escuché aquella voz. Sin duda, procedía de aquel oscuro callejón que, a pleno día, se negaba a dejarse invadir por la brillante luz del sol.

-Acércate, Merino.

Las dudas invadieron mi cuerpo y atrofiaron mi mente. No podía pensar.

-Vamos. Tengo algo para ti. Algo que puede interesarte.

Por fin, un pensamiento: drogas. Estaba casi seguro que se trataba de algún vendedor de estupefacientes. Aquel siniestro callejón, aquella voz maltrecha y ronca, un ofrecimiento. Todo cuadraba. Sólo había un detalle que me hacía sospechar. Aquella voz había pronunciado, en varias ocasiones, mi nombre. Tal vez se trataba de algún conocido de antaño o quizás alguien le había soplado mi nombre. Al fin y al cabo, todos tenemos nuestros enemigos. El caso es que dejé a aquella voz sin respuesta y me propuse seguir mi camino, pero algo me lo impidió. Noté una sensación fría en el hombro, como si un cubito de hielo se deshiciera sobre él. Una sensación de ansiedad me recorrió el cuerpo. Otra vez aquella voz:

-Si prosigues tu camino, todo seguirá igual. Si haces un alto en él, todo puede cambiar.

Me di la vuelta con un giro ágil e impulsivo. Nadie alrededor. Temeroso, me aventuré en la negrura del callejón. Quería saber de dónde venía aquella voz, aquella presencia que casi me había tocado. En la oscuridad divisé una figura, escuálida y estirada. No había nadie más. Sin duda, la voz que había escuchado era la de aquella figura:

-Sí, Merino. Soy yo a quién buscas. Soy yo el que hablaba.

-¿Qué? ¿Qué quieres de mí?

-No quiero nada de ti, Merino. Eres tú el que quieres algo de mí.

-¿Eres un vendedor de…?

Una risita casi imperceptible llegó, como una leve brisa, a mis oídos.

-No, no quiero venderte nada. Tengo algo para ti. Un regalo. Creo que te va a gustar.

-¿Un regalo? No quiero ningún regalo. Quiero saber con quién estoy hablando.

Seguía asustado. Sin embargo, aquel miedo inicial que me había paralizado y había aturdido mi mente, me había transformado ahora en un ser irascible y airado. Es interesante comprobar como el miedo nos convierte en seres diferentes, como juega con nosotros hasta que nos desquicia, cuando lo único que quiere es protegernos de lo que desconocemos y no nos atrevemos a afrontar por nosotros mismos.

-No soy nadie para ti, Merino. Lo que importa es lo que tengo ahora en mis manos.

Creí firmemente que aquel extraño pretendía hacerme daño. Un atraco, tal vez. Tenía que huir y, de hecho, quise hacerlo, mas las piernas no me respondían. El miedo, otra vez. Pero esta vez me había jugado una mala pasada. A veces ocurre, a veces es demasiado juguetón y nos maltrata sin motivo aparente.

-Sé que quieres huir, Merino. Pero no debes hacerlo. No voy a hacerte daño.

Al fin, conseguí mover una pierna. Caminé hacia atrás, muy lentamente. El cuerpo me pesaba una tonelada. Aquel callejón semejaba un largo corredor de tinieblas y desesperanza.

-No salgas de aquí, Merino. No debes hacerlo. Debes escucharme.

-Voy a marcharme. En cuanto salga de aquí llamaré a la policía.

Noté como mi tono de voz había mutado. Ahora era amenazante y cortante. La figura pareció revolverse en la oscuridad y, de repente, se difuminó ante mis ojos. No supe qué hacer ni hacia dónde dirigirme. No podía moverme de allí. Por un momento pensé que nunca saldría de allí, que aquel pedazo tenebroso y maldito de la ciudad sería el último recuerdo que tendría tiempo a guardar en mi torturada mente. Miles de trozos de vida sacudieron mis entrañas, como si me hubiera convencido de que estaba siendo testigo mudo y consciente de mi final. Pero una vez más, aquella voz se empeñó en agitar mi pensamiento:

-Tranquilo, Merino. No vas a morir hoy. Y tal vez, nunca lo hagas. Eso está en tus manos.

Continuará…

<a href=”https://www.freepik.es/fotos-vectores-gratis/ciudad”>Foto de ciudad creado por rawpixel.com – http://www.freepik.es</a&gt;

 

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

2 comentarios en “El encuentro (I)”

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