La navaja

pocketknife

Las sombras lo miraban. No, no había llegado hasta ahí por casualidad. Sabía que sólo él tenía la culpa. Él solo había caído en demasiadas tentaciones. Él solo había confiado demasiado en la gente. Así que él solo tenía que poner fin a aquello. Estiró una mano y alcanzó la botella de whisky que estaba en la pequeña mesa del salón. Esa maldita mesa. Había sido un regalo de su hermano. El mismo que lo abandonó cuando más lo necesitaba. De eso hacía ya tiempo, unos cuatro o cinco años. Por aquel entonces, todavía tenía un trabajo. No era gran cosa trabajar de camarero en un antro de mala muerte, pero era algo más que nada. Y ese algo le daba dinero, no mucho, pero dinero, al fin y al cabo. El caso es que lo despidieron y no por casualidad, sino por haber estado acudiendo, durante muchas noches, totalmente borracho a su trabajo. Primer gran error. Haber estado allí, es cierto, le daba dinero, pero también otras cosas menos interesantes. Al menos, eso pensaba al principio. Digamos que aquel bar no tenía empleados demasiado ejemplares. Lo cierto es que ninguno de ellos era lo suficientemente legal como para trabajar en otro lugar que no fuera aquel tugurio. Dio un largo trago a la botella y la dejó de nuevo sobre la mesa. Se incorporó, tambaleándose e intentando mantener el tipo como esos equilibristas de circo que tanto odiaba. Avanzó torpemente por el medio de la estancia revuelta, llena de viejas revistas y cosas inservibles. Se acercó al mueble-bar que había conseguido comprar con el dinero ganado en su antiguo trabajo. Siempre había soñado con tener uno y ahora que lo tenía no le servía para nada más que para guardar alguna botella de whisky y un par de vinos baratos. Se apoyó en el mueble, cabizbajo y murmurando algunas palabras sin sentido. Levantó la cabeza y se encontró de frente con un marco de fotos que guardaba una imagen que siempre había querido conservar. La miró y escupió sobre ella.

-Maldito cerdo. ¡Tú no eres mi hermano! Mira cómo estoy ahora, ¿te importa algo?

Dio un manotazo al marco de fotos y este cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Se intentó agachar para recoger la foto, ya despojada de su marco, pero se precipitó al suelo boca abajo, justo sobre los pedazos rotos. Levantó la cabeza con un esfuerzo sobrehumano y miró la foto. Sobre un bonito paisaje, se encontraban él y su hermano, abrazados y sonrientes. Su hermano, cuatro años mayor que él, sostenía en la mano una pequeña navaja, la cual le había regalado su novia por su vigésimo noveno cumpleaños. Siempre la llevaba a todas partes y no dejaba que nadie la tocara. La navaja tenía algo inscrito, que nunca había dejado leer a nadie. Un día, misteriosamente desapareció y nadie supo nada más de ella.

-Ya era tuya desde hacía unos meses y aún tenías la poca vergüenza de llevarla a todas partes. ¡Bastardo traidor!

Se llevó la mano al bolsillo y, tanteando a duras penas, consiguió extraer de su interior un objeto de color rojo. Era una pequeña navaja. Se levantó haciendo grandes esfuerzos y, tras dar un par de pasos, se dejó caer de nuevo en el sofá. Miró la navaja de arriba a abajo, le dio varias vueltas y sonrió cínicamente. Leyó la pequeña inscripción: “Para Toni, te quiere, Lucía”.

-Esa navaja era para mí, hermano, era para mí. He hecho lo que debía hacer. Ahora pertenece a su verdadero destinatario.

La abrió, tocó torpemente con un dedo su filo y se hizo un pequeño corte.

-Siempre me haces lo mismo, ¿nunca te cansas de hacerme daño?

La cerró, se tumbó boca arriba en el sofá y se quedó pensativo durante un largo tiempo. Dio una vuelta y, de nuevo, se levantó a trompicones y, tropezando con todo lo que había en su camino, llegó a la televisión. La encendió tras pulsar repetidas veces el botón equivocado y proferir algunas maldiciones sin sentido. Sobre la televisión, otra fotografía. La cogió y la miró. Era Lucía. Estaba preciosa en esa foto. Siempre le había gustado ese retrato. Lucía era rubia, de pelo liso y larga melena. Sus ojos marrones se le clavaban en el corazón cada vez que los miraba. Sonreía y esa sonrisa le atravesaba el alma. La seguía queriendo. Apartó la vista de la foto por unos segundos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se dejó caer en el suelo, abatido y desesperado. En la televisión anunciaban uno de esos productos que sólo se venden a altas horas de la madrugada y que prometen hacerte adelgazar diez kilos en una semana. Miró a la televisión y allí se encontraban un hombre y una mujer hablando maravillas sobre un revolucionario aparato que conseguía ponerte en forma en sólo un par de días. Él no veía nada, no le importaba nada de aquello. Se incorporó apoyando la mano en la mesita de la tele, que se tambaleó. Afortunadamente, no se desplomó. Recogió del suelo la foto en la que salían él y su hermano y, con la de Lucía en la mano, se acercó de nuevo al sofá y se sentó. Se le estaba pasando el mareo. Dejó las dos fotos sobre la mesita del salón, junto a la botella de whisky casi vacía.

La tiró al suelo, enrabietado, de un manotazo. Se llevó las manos a la cara y rompió a llorar de nuevo. Con las lágrimas en los ojos, cogió la navaja y volvió a mirar aquella maldita inscripción.

-¿Cómo pudisteis hacerme esto? Lucía, yo te quería. Toni, eras mi hermano, mi mejor amigo.

Seguía llorando y hablaba con la voz entrecortada. Recordó aquel fatídico día en que su vida comenzó a ser un desastre. Fue un día de mayo, hacía ya cuatro o cinco años. Ni siquiera recordaba con exactitud la fecha. Él había salido con su novia, su hermano y algunos amigos. Estaban en la discoteca, bailando y pasando un buen rato cuando notó que su novia y su hermano habían desaparecido. Los buscó por toda la pista, por la barra, mirando a un lado y a otro, sin lograr encontrarlos. Fue a los servicios y lo único que vio allí fue a un chico, de unos dieciocho años recién cumplidos que, vomitando, alzó levemente su cabeza y lo miró con los ojos perdidos y con una palidez que le aterró. Después, salió de la discoteca y buscó en el aparcamiento. Nada. Cansado y pensando que tal vez se habían ido a casa o a tomar el aire, decidió regresar a la calidez de su hogar por su cuenta, ya que al día siguiente, por si fuera poco, tenía que madrugar para llevar a su madre de compras. Se dirigió a buscar su coche y, cuando estaba llegando, una idea furiosa lo asaltó. Aun así, pensó que era imposible. Siguió avanzando y divisó al fin su Ford Fiesta rojo. Se acercó y pudo ver como unas sombras inquietas se movían en su interior. Prefería no pensar que su idea tuviera, siquiera, algún viso de realidad. Pero así fue. Abrió la puerta del coche y se quedó de piedra, sin poder decir nada. Lucía y Toni estaban dentro, besándose. Recordó que sólo pudo decir “Lucía, no” y se fue corriendo de allí movido por la rabia. Nada más recordaba de esa noche. Al día siguiente, Lucía lo dejó, diciéndole que ya no le quería, que estaba saliendo con su hermano desde hacía unos meses sin que nadie supiera nada. Su mundo y su vida se vinieron abajo. No podía creer que las dos personas que más quería lo traicionaran de aquella manera. Incluso había pensado en pedirle matrimonio a su novia y ahora todos sus planes se rompían. El futuro para él dejó de existir desde aquella noche. Empezó a beber, lo despidieron de su puesto de trabajo y no había conseguido ni un mísero empleo desde entonces. El tiempo era lo de menos y, a decir verdad, el tener o no trabajo le daba igual. Casi todo el dinero que conseguía lo invertía en alcohol o en tabaco y, esporádicamente, en otro tipo de drogas más fuertes. Estaba acabado desde hacía mucho tiempo y esa noche estaba decidido a terminar con todo.

Abrió la navaja, despacio, sin prisa. El tiempo no importaba. Puso su mano sobre la mesita, esa que le había regalado su hermano, de forma que quedaba justo en el medio de las dos fotos, tapándose a él mismo y dejando ver sólo a Toni y a Lucía. Con la otra mano, sujetaba la navaja. Miró hacia arriba y, en voz muy baja y entrecortada dijo:

-Dios mío, perdóname por todo lo que hice y por lo que voy a hacer.

De pronto, sonó el timbre de la puerta. Una voz cálida pero desconocida, le habló desde el otro lado:

-Sé lo que quieres hacer. Tienes mucho que forjar aún en esta vida. Detente si es que buscas ese perdón del que hablas.

Sorprendido, se levantó, dejó la navaja sobre la mesita y se dirigió a la puerta. La abrió. No había nadie, pero un gran resplandor se diluía poco a poco. Bajó la mirada. Sobre el felpudo de su puerta, había un papel. Sobre él, unas letras garabateadas:

“Juan 8:32. Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”.

Unos instantes de confusión azotaron su mente. De pronto, todo cobró sentido. “Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”. No había duda. Hasta aquel momento había estado viviendo una mentira. Aquellos sucesos le habían mostrado una verdad que desconocía, pero que no podía seguir ocultándose más. Y la solución no estaba en aquella navaja, pues aquello habría sido arrojar la toalla demasiado pronto. Ahora era libre, ya no era esclavo de aquella gran mentira que era su vida. Por primera vez en mucho tiempo sentía que había recobrado el control de su vida y que todo lo que había vivido hasta aquel instante no había sido más que un mal sueño del que había logrado despertar a tiempo.

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

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