Un sueño eterno

El doctor Rinus observaba con desidia una de las probetas de su laboratorio. El cuerpo le temblaba como mil terremotos desatados en lo más recóndito de sus huesos. Y también estaba el dolor. Ese dolor penetrante, agudo y desesperante. El mero hecho de respirar le causaba un insano padecimiento, como si cientos de agujas se le clavaran en el esternón y un yunque muy pesado oprimiera su pecho. Dio con esfuerzo un paso adelante. Palpó la silla que estaba a su izquierda y soltó un suspiro bronco. Una honda convulsión le recorrió el cuerpo. Emitiendo lastimosos quejidos, pudo al fin sentarse. No podía comprender el origen de su dolor y eso le espantaba. Ni siquiera recordaba los nombres de todos los médicos que había visitado en busca de una solución a su terrible enfermedad.

Trató de pensar en algo para ocupar su mente y librarla del dolor insoportable, pero solo podía pensar en una cosa. Maldijo aquel veinte de noviembre de dos mil cuarenta y cuatro cuando todo empezó.

Aparentemente, aquella mañana fría iba a ser normal. La noche anterior había dejado preparados algunos líquidos y materiales para comprobar una de sus sesudas teorías que haría las delicias de los más aclamados científicos de la época. ¡Ah! ¡El éxito! Se había acostumbrado tanto a él que apenas ya podía satisfacerle. Sus innovadoras teorías y sus mediáticos experimentos lo habían colmado de gloria entre sus colegas e incluso entre el gran público, siempre ávido de personajes estrambóticos. Sin duda, él lo era. Había llegado a fundar su propio canal de televisión online, donde recreaba famosos experimentos propios y ajenos en coloridos y chillones escenarios. Le gustaba ataviarse con extraños modelos y hablaba con voz estridente para captar la atención de sus potenciales espectadores. Sí, el doctor Rinus era, sin duda, una incipiente estrella mediática y científica cuando se desató el dolor aquel fatídico día de invierno.

Recordaba cómo se había levantado con una sensación extraña apoderándose implacablemente de sus músculos. En una hora, aquel entumecimiento repentino fue mutando hacia una ligera molestia en cada uno de sus tendones, como unas ligeras y juguetonas agujetas. Dos horas más tarde, apenas podía soportarlo. Su cuerpo era una amalgama de músculos retorcidos y sufrimiento intolerable. Se mordía los labios secos, que pronto se inundaron de sangre y su boca rezumaba saliva teñida de un rojo muy oscuro. Se inyectó varias dosis de morfina hasta que cayó en un sueño terrible. Cuando despertó, el dolor seguía allí y pronto descubriría que no tenía intención de marcharse.

Efectivamente, había tenido que aprender a vivir con él y no tardó en descubrir cómo hacerle frente de una manera poco ortodoxa. Había descubierto que, en un estado consciente, su dolencia era incurable. La morfina apenas paliaba un tercio de su sufrimiento y medicinas más fuertes no conseguían nada más que inducirle un sueño poco reconfortante. Pero el sueño era exactamente la respuesta. En sueños existe una vida paralela, un mundo onírico particular y tan vívido que a veces ni siquiera se puede diferenciar de lo real. Es allí donde el doctor Rinus vivía. Después de largas investigaciones y noches en vela soportando lo intolerable, había construido una pequeña máquina a través de la cual podía entrar en un estado onírico donde todo era posible, donde no había padecimiento ni pesar. Cuando la usaba, el doctor Rinus se sentía fuerte, caminando por senderos embarrados y escalando picos montañosos tan pendientes como ángulos rectos asentados en lo más profundo de la tierra. Se sentía libre tocando el cielo con las manos, jugueteando con las nubes y deshaciéndolas como algodón puro y blanco. Creía ser un héroe salvando vidas de indefensos y diminutos seres acorralados por monstruosos criminales. Allí era feliz.

Aquella tarde no era distinta a muchas otras. El doctor Rinus, hastiado del dolor y de una penosa jornada sintiéndose el más desgraciado de los científicos terrestres, decidió hacer uso de la máquina. Se levantó de la silla haciendo mucha fuerza en sus muslos y un pinchazo sordo le atravesó su pierna derecha. Apretó los labios y entrecerró los ojos, tratando de aliviar su sufrimiento. Al fin, se alzó débil como un muñeco de paja azotado por un vendaval sin piedad. Se dirigió cojeando hacia la máquina, su salvación hecha de cables, circuitos y ceros y unos. Pulsó unos cuantos botones y pensó en el programa del sueño. Hoy quería algo tranquilo. Caminaría entre árboles, quizás pinos o castaños. La suave brisa le arrullaría como el dulce sonar de un caramillo y él solo se dejaría llevar. Pondría un río. Eso siempre le tranquilizaba. Quizás incluso habría algún cervatillo, al que él observaría desde la distancia. Se sentaría sobre el tocón marchito de un árbol y masticaría algo de hierba. Se dejaría convencer por el aroma fresco de la naturaleza, por el fulgor del sol iluminando un claro de bosque, por el sonar lento y continuo del arroyo. Sin más dilación, se colocó el casco sobre su cabeza calva y pálida. Cerró los ojos lentamente. El sueño comenzaría a llegar y el dolor sería solo algo irreal, algo que no pertenecía a su mundo. Hacía mucho tiempo que había dejado de considerar vida ese lapso de tiempo entre sueño y sueño. Era un purgatorio, un mundo terrible del que quería escapar.

De pronto, se le ocurrió algo. En un arranque de fuerza que le hizo gritar de furia, rabia y dolor se quitó el casco de la cabeza y lo arrojó con impulso hacia la mesa, antes de que el sueño pudiera tomar su cuerpo por completo. Apenas podía moverse, preso del dolor más intenso que jamás había experimentado. Pero ya había tomado una decisión. En el panel de mandos de su máquina marcó un par de números más. La duración del sueño, que había fijado en dos horas, ya no le parecía apropiada. ¿Qué sentido tenía despertarse tras dos horas para volver a una realidad de la que ya no se sentía parte? Ahogando en suspiros los tremendos dolores que sentía, cambió la duración del sueño y pulsó el botón de aceptar.

Se encorvó formando un pequeño signo de interrogación convulso y recogió el casco. Todos los huesos de su cuerpo crujieron y los músculos se tensaron. Su mandíbula se desencajó y la boca parecía un manchón negro de pintura emborronado con pequeñas pinceladas de pintura blanca. Parecía querer gritar sin voz, como un cuadro de Edvard Munch, silencioso y grotesco. Se colocó el casco y se tumbó como pudo en la camilla. Mil cuchillas se le clavaban a lo largo del cuerpo, cien en cada pierna, otras tantas en cada brazo, doscientas en el pecho y cuatrocientas le perforaban con saña su cabeza. No podía soportarlo más. Por suerte, el sueño comenzó a tomar su cuerpo y notó como, poco a poco, las cuchillas iban abandonando su cuerpo, como si su organismo las expulsara. Sus heridas se cerraban limpias y las cuchillas caían al suelo sin una gota de sangre en sus filos.

Habían pasado apenas cinco minutos y el doctor Rinus caminaba ya por una senda llena de hojas tostadas que crujían bajo sus pies. Sonreía como nunca antes lo había hecho. Se mojó las manos en un arroyo claro que corría mansamente y lamía unas rocas muy redondas con paciencia infinita. Se sentía ágil. Saltó, corrió y se tiró sobre un manto de hojas al pie de un árbol altísimo. Miró al cielo y vio las nubes correr, componiendo formas aquí y allá. Miró al cervatillo, tierno, como salido de un viejo cuento infantil. Se sintió vivo, vivo de verdad.

En el laboratorio, un panel de luces parpadeaba. Era la máquina del sueño de Rinus. En una pantalla pestañeaba la palabra “Error” en dígitos color escarlata. Más abajo, en letras más pequeñas, indicaba “El tiempo introducido es erróneo. Por defecto, el tiempo de sueño se ha establecido como indefinido. No utilice la máquina hasta reprogramar el tiempo.” Pero eso, el doctor ya lo sabía. Nunca volvería al mundo de los vivos. Para él, no tenía sentido. A ojos extraños, se quedaría para siempre postrado en una camilla de un laboratorio, oculto bajo tierra, donde seguramente nadie le encontraría hasta que él hubiera disfrutado de varios reconfortantes baños en el agua clara del arroyo. Probablemente, su cuerpo moriría antes de inanición. En realidad, no había pensado en ello, pero no tenía importancia. ¿Para qué despertar en un mundo que odias? ¿Por qué no pasar un poco más de tiempo en un mundo mejor, donde todo parece real y uno se siente realmente vivo? Así pensaba el doctor Rinus y así, en efecto, murió. Cuando lo encontraron, era poco más o menos que un esqueleto con piel. Su cuerpo se había consumido poco a poco, mientras él jugueteaba con el cervatillo, que se había convertido en su gran compañero de viaje. Desconectaron la máquina, que ya no podía hacer nada por su creador, y se lo llevaron. Lo que más les sorprendió fue la sonrisa que se adivinaba todavía en el rostro pálido y escuálido del doctor Rinus.

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

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