Daniel no es nombre de marinero

OLYMPUS DIGITAL CAMERALos reflejos de la luz sobre el agua semejaban pequeñas perlas en movimiento sobre la superficie de las minúsculas olas, que golpeaban débilmente los barcos amarrados al pequeño embarcadero. El cielo estaba encapotado y las nubes grises dibujaban un cielo fantasmal y opaco, majestuoso y austero, todo al mismo tiempo.

Daniel observaba, asomado a la barandilla, aquellas barcas de pescadores. Las que más le atraían eran las más modestas. Le encantaba el color de la pintura desvaída sobre la oscura madera roída, pues pensaba que aquellas desgastadas barcas habían pertenecido antiguamente a terroríficos piratas que surcaban el mar en busca de galeones cargados de relucientes y maravillosos tesoros. La inocencia que otorga la infancia es tan fuerte que es capaz de convertir unas cuantas maderas claveteadas y mal pintadas en un antiguo barco pirata que habría navegado durante años y años dirigido por un valiente capitán.

A Daniel le gustaba mucho pasear por el puerto del pueblo. Soñaba con ser pescador, poseer una de esas barcas e imaginar las hazañas que tuvieron lugar en ella, mientras luchaba con los bravos animales marinos en busca de una gran pieza que le hiciera famoso en el misterioso y hermético mundo de la mar. Muchas veces, en la soledad de la noche, se imaginaba cómo sería aquel momento y esbozaba en su mente, con rápidos trazos, de qué manera capturaría la gran pieza a la que aspiraba. No tenía ni idea de peces, pero sabía que él pescaría el mayor pez jamás visto por ningún marinero.

Su padre charlaba amigablemente con un conocido al que había encontrado en aquella mañana gris. Era temprano y no había colegio. Daniel no se imaginaba mejor manera de pasar una mañana de vacaciones. Todas las noches, antes de acostarse, le preguntaba a su padre si al día siguiente iban a ir a pasear al puerto. Su padre solía hacerse de rogar antes de contestarle, a sabiendas de que eso inquietaba sobremanera a su hijo. Después de que Daniel insistiera unas cuantas veces, el bueno de Don Pedro asentía con la cabeza y le regalaba una amplia sonrisa. Don Pedro sabía de su afición por la pesca y el mar y le era imposible evitar aquel divertimento diario.

Daniel advirtió la llegada de una pequeña barca de color blanca y verde, con la pintura visiblemente estallada y de aspecto bastante endeble. Un hombre, que portaba un gorro oscuro de lana, remaba lentamente hacia el embarcadero más cercano a Daniel. Era un marinero, un descendiente de la brava raza de los piratas. Siempre había deseado hablar con uno de ellos, cuestionar e interrogar a un lobo de mar en busca de historias antiguas y leyendas de los océanos. La barca se acercaba cada vez más y Daniel pudo observar que aquel hombre tenía la cara maltratada por el sol y la sal. Su pelo enmarañado semejaba una especie de red de pesca, un símil que le pareció francamente divertido. Pero su diversión se fue transformando poco a poco en nerviosismo. El corazón le latía fuerte y alto, como si se le saliera del pecho y todos pudieran escuchar su ritmo febril y alocado. Barruntaba en su mente la idea de saludar y charlar con aquel marinero, pero le asustaba el encontrarse hablando, de repente y por propia voluntad, con un extraño de pasado, presente y futuro desconocido.

Una voz lo sacó de sus pensamientos y los rompió en mil pedazos:

-Hola chico.

Era el marinero. Daniel se quedó quieto, mudo. No en vano, estaba hablando con un descendiente de aquellos hombres ricos y valientes que hacían del mar su modo de vida. Era un descendiente de bucanero.

-¿Qué pasa chico? ¿Temes a un viejo marinero?

Daniel sólo pudo balbucear unas palabras incomprensibles y que, probablemente, él mismo desconocía.

-¡Vamos muchacho! ¡Dile a este viejo lobo de mar cómo te llamas!

-Da… Da… Daniel. Me llamo Daniel.

-Daniel no es nombre de marinero.

Aquella frase le sonó a Daniel como una bravuconada sin sentido. Lo llenó de rabia y espoleó su aturdida mente.

-¿Por qué dice usted eso? ¿Acaso usted lo sabe todo?

-Vaya, vaya. Parece que el tímido muchacho ha despertado. Verás, chico, Daniel es nombre de profeta.

La inseguridad volvió a hacer acto de presencia en las palabras y el alma de Daniel. La rabia inicial se diluía.

-¿Profeta? ¿Qué es un profeta?

-Es un hombre que puede ver el futuro. Tiene un don divino.

Daniel estaba desconcertado.

-¿Un don divino? ¿Como un mago?

El marinero sonrió y, tras una leve pausa que aprovechó para atar el cabo de la barca al puerto, respondió:

-Algo así, amigo Daniel.

La rabia había dejado paso a la curiosidad y la admiración contenida.

-¿Y por qué es nombre de profeta?

-Daniel fue un gran profeta de Dios. Vivió hace muchos años y era un gran político en la época de los grandes reyes babilónicos.

-¿Babilónicos?

-Sí, amigo Daniel. Un gran imperio que existió hace muchísimos años.

Daniel asintió para que el marinero entendiera que podía continuar.

-Daniel veía el futuro, pero a causa de su gran don divino fue condenado a morir siendo arrojado a un foso con leones.

-¿Y murió? ¡Si era un mago!

El marinero rio abiertamente, con una carcajada estruendosa que desconcertó a Daniel. Percibiendo esto, el marinero recuperó su tono de voz interesante y continuó:

-No, Daniel, no murió. Dios lo salvó y ordenó a los leones que no lo comieran.

-¿Dios puede hacer eso?

-Te sorprendería lo que Dios puede hacer. Lo puede todo.

-Es un gran mago, entonces.

-Sí muchacho, es un gran mago. El mayor mago que pueda haber en el cielo y en la tierra.

Daniel se quedó pensativo. Creyó escuchar, por primera vez, una leyenda de viejos piratas y marineros. La leyenda de un mago que era capaz de cualquier cosa, incluso de salvar a otro mago que portaba su mismo nombre de una muerte casi segura en un foso lleno de leones. Aquella historia le impresionó tanto que hizo un enorme esfuerzo por recordar cada una de las palabras que habían salido de la boca de aquel viejo marinero. Quiso grabar a fuego en su mente cada una de ellas. Pero de nuevo, la voz grave y turbia del marinero quebró sus ensoñaciones:

-¿Ves como Daniel no es nombre de marinero? – preguntó divertido el viejo.

-Sí, ya veo – respondió tímidamente.

-Yo en cambio sí poseo un nombre de mar, un nombre con el cual puedo hacerme a la mar sin temer a nada. Me llamo Jonás.

-¿Jonás es nombre de marinero?

-¡Desde luego que sí! Del único marinero que fue capaz de salir del vientre de una ballena una vez que esta lo hubo tragado.

-¡Eso no es posible!

-Sí, sí. Sé que cuesta creerlo, pero fue así. Y todo porque así lo quiso Dios. Él quiso castigarlo y lo encerró en aquel vientre inmundo como un apestado. Pero también fue el mismo Dios quién lo quiso sacar de allí.

-¿Y por qué Dios le hizo eso?

-Porque le había desobedecido. Pero incluso así, le perdonó y lo salvó. Jonás se enfadó con Dios, le desobedeció e incluso le insistió para que le quitara la vida. Y aun así, Dios no lo rechazó. Jonás era un mensajero, un emisario divino y de todos es sabido que el mar es el canal más divino y celestial para transmitir un mensaje. Por eso yo soy marinero.

Daniel volvió a sumergirse en el océano de sus pensamientos. Cientos de preguntas se juntaban en su mente y se golpeaban unas con otras con inusitada fuerza. No conseguía poner en orden su pensamiento. Nunca nadie le había hablado de aquel mago que hacía aquellas cosas tan maravillosas y que tenía el destino de los hombres en su mano. Ni siquiera su padre le había dicho nunca nada de aquel gran hechicero. Recordaba, eso sí, como antes de la muerte de su madre, acudían a una gran casa que su madre llamaba Iglesia. De repente, le vino a la mente una frase pronunciada por su padre el día del entierro de su madre: “Él nos ha abandonado”. Rápidamente, como por un golpe de intuición fabuloso, enlazó aquella frase con ese Dios del que le hablaba aquel marinero.

Una vez más, el marinero puso fin a tantos pensamientos sin forma ni estructura:

-Y dime Daniel, ¿qué quieres ser de mayor?

-Marinero- respondió con una firmeza impropia de un infante.

-¡Oh, vaya! Entonces temo haber roto tu sueño – dijo como si ya supiera previamente su respuesta. – De todas maneras, hay otras muchas cosas que puedes hacer.

-Pero yo quiero ser marinero.

Daniel volvió a sentir aquel sentimiento inicial de rabia y contrariedad.

-Me temo, Daniel, que tu destino no será ese.

-¿Y cuál es mi destino entonces?- preguntó en un tono algo impertinente.

-Serás rey en tierra, Daniel.

-¿Rey? ¿Rey de qué?

-Un rey sin corona.

El marinero le sonrió. Daniel sintió una especie de escalofrío que le dejó heladas las venas. Observó, absorto, como el marinero volvía a desamarrar el cabo que ataba la barca al puerto. El viejo seguía sonriendo, con la cabeza agachada. Era consciente aquel curtido marinero de que sus palabras habían tenido un gran efecto en aquel niño, infante aún. Sabía que nunca olvidaría aquel encuentro.

-¡Piensa en lo que te dije cada vez que mires al mar! – gritó el marinero, alejándose.

Daniel levantó la vista para despedirse del hombre, pero le sorprendió lo que vio: nada, sólo el mar y los barcos. El marinero había desaparecido como si hubiera sido engullido por el mar. Las palabras de aquel hombre resonaban aún en la mente de Daniel. No iba a ser marinero. Lo había aceptado ya. De repente, una mano le tocó el pelo. Era su padre.

-Vamos Daniel. Se hace tarde. Regresemos a casa.

-Papá, ¿hay reyes sin corona?

Su padre se quedó sorprendido por aquella extraña pregunta y, sin saber exactamente a qué se refería su hijo, le respondió:

-Supongo que sí, Daniel. Hay gente que se siente como un rey y no tiene corona.

-¿Y yo cómo me puedo sentir como un rey sin serlo?

-No sé hijo, el tiempo te enseñará, supongo.

En aquel momento, a los seis años de edad, supo que aquel hombre le había dado la mejor noticia posible. Entendió que ser marinero, para aquel viejo, no era otra cosa que una especie de penitencia, un castigo divino por el que hubo de pagar con una vida solitaria y dura. De repente, la inocencia se desvaneció. Sería un rey sin corona. No habría castigo por el que pagar, ni penas por redimir. Sólo sería un hombre afortunado, lo cual le llenó de alegría y pena al mismo tiempo. El mar, aquel mundo de bellos peces y bravos hombres, en realidad, estaba lleno de hombres desterrados y afligidos, cuya pena era tan grande que toda la tierra no era suficiente para esconderla.

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

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