Ella y el mar

oregon-943264_1920Su mirada se perdía en lo más profundo del horizonte. El mar, a veces traidor silencioso, otras cómplice de los más íntimos pensamientos humanos, golpeaba con fuerza las rocas. Sentado sobre una de ellas, en lo alto de un accidentado y escamoso acantilado, él se fundía con el impresionante paisaje de la costa. A su derecha, se extendía una larga playa de pálida arena. A su izquierda, se aparecía, como un ejército de amenazantes lanceros, un amplio y solitario bosque. El cielo, como conocedor de la desgracia de aquel hombre, se teñía de gris y parecía dejar caer algunas lágrimas sobre la abandonada playa, lágrimas que el mar absorbía, no sin que antes dejasen su marca sobre la superficie del mismo. Aquel hombre quería ser como aquellas gotas, que en su tristeza se arrojan como desesperadas al mar en busca de la unión consigo mismas, como si se reencontraran nuevamente con lo que son y sólo en el trayecto que recorren desde el cielo hasta el mar dejaran de serlo. Aquellas gotas semejaban, para aquel desdichado, las vidas de todos los humanos, puesto que es el nacimiento y la muerte lo que todos tenemos en común y sólo en vida nos diferenciamos unos de otros. De esta manera, aquellas gotas parecían venir todas de un mismo lugar y, de hecho, todas acababan en idéntico paraje. ¡Qué gran tristeza afligía el corazón de aquel individuo! Pensaba qué felices eran las gaviotas que sobrevolaban la costa, pues no han de preocuparse más que de procurarse algún sustento durante el día y de descansar de cuando en cuando.

Primero, gotas, ahora quería ser gaviota. Cualquier cosa menos seguir atrapado en aquel cuerpo de hombre que no dejaba resquicio para que su atormentada alma se desperezara de todas sus pesadas penas, carga y lastre para su vuelo, y se elevara libre como un globo.

El viento agitaba los cabellos del hombre, que se mostraba indiferente e impasible ante ello. Con las rodillas dobladas y sus brazos rodeándolas, semejaba una pétrea figura esculpida en aquellas extraordinarias rocas. Sólo la agitación de sus cabellos daba alguna vida a aquella singular escultura. Se preguntaba, en su interior, si realmente era merecedor de la triste fortuna que le había deparado el destino y que, de ser así, no era consciente de que tantos males hubiera perpetrado a lo largo de su vida como para que fuera castigado de tal desmesurada manera. Luego pensaba que no puede existir destino tan cruel y poco piadoso que tanta pena pudiera cargar sobre los hombros de un ser humano y acababa por no saber si se encontraba en aquella situación por causa de la mala fortuna, del vil destino que le fue asignado, por los designios de algún injusto dios que le había castigado o le había puesto a prueba tan cruelmente, o si había sido solo un accidente sin más. Pensó que la fortuna existe y que posiblemente se había cebado con él sin saber el motivo, que el destino tal vez es sólo un camino más de la fortuna. Prefirió quitar de su mente el pensamiento de un cruel dios, pues si existe alguno, no pudiera su crueldad llegar hasta tal punto. Si quería retarle o poner a prueba sus virtudes, no hacía falta tan tremendo castigo.

Con estos pensamientos se le iba el tiempo, que no entiende de penas ni de alegrías y que camina con paso firme e impasible ante los sucesos de todas nuestras vidas. El sol, tímido y vergonzoso, parecía asomar ligeramente por entre las grises nubes que se amontonaban en el cielo. Semejaba como cansado y parecía querer retirarse ya a su nocturno lecho para ser relevado en lo alto del firmamento por la luna. Un débil rayo de sol se extendió hasta el mar y, apenas reflejado en el agua, se volvió a esconder. Como si aquello se tratara de un aviso de la naturaleza, el hombre se levantó, observó desde lo alto del acantilado lo espacioso del horizonte y luego le mostró la espalda para comenzar a andar.

Dio unos pasos y, como si fuera tan pesada su tristeza que no pudiera ni dar dos zancadas cargando con ella, se detuvo, cogió aire y suspiró. Una lágrima afloró en sus ojos y luego recorrió su mejilla hasta que, como aquellas efímeras gotas de lluvia, se deshizo en su piel. Reemprendió el paso y se marchó de aquel lugar, jurando volver todos los días de su vida hasta encontrar la respuesta a su amarga y dolorosa pesadumbre. Un escalofrío acompañó aquel juramento, como si se tratara de un testigo que estuviera allí con él para dar fe del mismo. La noche parecía ya caer y teñir de negro el cielo poco a poco y aquel hombre, con paso penitente y pesaroso, se alejaba cada vez más de allí. En su mente, ella. Ella, que fue como una de aquellas gotas arrojadas al océano, desapareciendo para siempre de la faz de la tierra para formar parte de un todo eterno: el mar. Él sabía que tarde o temprano seguiría el mismo destino. En su mente afloraba la idea de reunirse con ella de la única forma posible, porque estaba cansado de sufrir, de revolverse cada noche en sus pensamientos, de ser compañero únicamente de la soledad. Se paró de golpe en mitad del camino y apretó los puños maldiciendo lo trágica que era su vida. Creía firmemente que se había cometido una injusticia, que había sido víctima de un complot vital y que tenía que ser compensado de alguna forma. Pensó que entregar su vida sin más y sin luchar por su destino no era la mejor manera de demostrar que estaba dispuesto a reconducir sus pasos. Se dio la vuelta y se acercó de nuevo al acantilado. Allí, majestuoso y bravo, se extendía y se encogía el mar con bruscos golpes y con un estruendo fuera de la normal. Miró al mar, desafiante y envalentonado. Sus ojos se llenaron de lágrimas, fruto de la rabia y de la melancolía. Sin más, dejó pasar el tiempo.

En la soledad de la noche es cuando las ausencias cobran vida. Las imágenes, los recuerdos, las sensaciones y las emociones vienen a la mente como cuchillas afiladas. Su caso no era una excepción. Se revolvía en la cama con la locura que provoca el cansancio cuando se olvida del sueño. La imagen de ella caminando lentamente hacia él en un estrecho camino al borde del mar le sumía en un éxtasis mágico pero doloroso. Recordaba su cara, aquel rostro angelical y redondeado sobre el que caía un largo cabello oscuro y brillante. Su caminar, como fantasmal y ligero, le fascinaba. Cada noche, durante horas, se torturaba a sí mismo imaginando que el hueco de su cama no era tal, que a la mañana siguiente todo sería como era dos años atrás. Sin embargo, al abrir los ojos volvía a la dura realidad, la que día a día le golpeaba en la cara con espantosa crueldad. Todo era igual, nada había cambiado y eso, para él, era algo más que insoportable. Aquella noche no fue distinta a las demás, como tampoco lo sería la mañana. En mitad de aquella tortura nocturna y monótona, se levantó empapado en sudor y lágrimas. Aquello se repetía, noche tras noche, como un macabro ritual. Todas las madrugadas como aquella recorría la distancia que separaba su dormitorio y el salón de la casa a oscuras y se dejaba caer, desplomado por el cansancio mental, en el desvencijado sofá situado en el centro de la estancia. Encendía la pequeña lámpara que ocupaba la mesilla al lado del sofá y tomaba en sus manos un pequeño marco de madera. En aquel marco había una fotografía en la que estaban los dos, cogidos de la mano y sonrientes, en mitad de un campo. Todas las noches susurraba palabras observando aquella fotografía, como si ella pudiera escucharle. De hecho, él pensaba que así era.

-Sé que, estés donde estés, me estás escuchando. Quiero que sepas que te amo, que siempre lo haré. Sabes que todas las noches te lo digo y sé también que eres consciente de mi sufrimiento, aunque a veces tengo dudas sobre esto. No sé, tal vez no estés tan cerca de mí como pienso. Si tan sólo pudiera volver a verte, simplemente eso. Sabes que me cuesta mucho vivir así, que creía ser duro y que nada podía hacerme daño. Lo seguiría pensando si no fuera porque te conocí. Sí, ahora sé que sí había algo que podía hacerme daño y es tu ausencia.

De repente, escuchó un golpe seco en la calle que interrumpió su monólogo. Se levantó lentamente dejando el marco sobre el sofá con sumo cuidado. Se asomó a la ventana y observó que se había levantado un fuerte viento en mitad de la noche que había tumbado un contenedor. Sin más, volvió al sofá y, cogiendo de nuevo la fotografía en sus manos, prosiguió su discurso:

-Sabes, amor, que pienso que hay que buscar siempre algo por lo que luchar por muy difícil que sea de conseguir. Es más, creo firmemente que es necesario fijarse un ideal imposible al que tener como referencia, como el sol en el horizonte. Creo esto porque, aunque sea imposible de alcanzar, hay que fijarse metas inalcanzables para lograr lo máximo posible. Incluso a veces, lo que uno cree inalcanzable, lo llega a tocar con la yema de los dedos aunque no pueda retenerlo en sus manos. Como tú. Por eso ahora vuelvo a buscarte y no pienso parar hasta encontrarte. Una mirada, un roce de tus manos, una señal, algo. Necesito algo.

En ese momento, rompió a llorar. Había conseguido mantenerse firme y entero durante todo el tiempo. Sin embargo, la idea de no volver a verla le rompía el corazón en mil pedazos cada vez que le venía a la mente. A pesar de todo, mantenía un hilo de esperanza respecto a poder volver a sentirla, de alguna manera, a su lado.

Como cada tarde, cogió su coche y se dirigió hacia el acantilado. Recorrió el estrecho y tortuoso sendero que conducía hacia el borde de aquel maldito precipicio y se sentó en un pequeño montón de piedras, algunas afiladas y otras más planas, como si fueran el reflejo de las vidas de los seres humanos, unas más complejas y difíciles de recorrer, otras más livianas y con menos obstáculos que superar. Con gesto apesadumbrado, agachó la cabeza y cerró los ojos. Se concentró en el sonido de las olas golpeando las rocas desgastadas, pero desafiantes, que salpicaban la superficie del mar. Aquel sonido le traía a la mente los recuerdos de aquella tarde que marcó su vida. Con suma nitidez recordó como ella, sonriente y despreocupada, se acercaba hacia él por aquel camino. Recordó, con cruel exactitud, como a la altura de unas pequeñas zarzas al borde del camino, se levantó una fuerte ráfaga de viento que, primero elevó el vestido de aquella chica y luego la hizo desaparecer con una rapidez inusitada. Aquella chica era su novia, a la que amaba con locura. Aquella ráfaga de viento la hizo caer al mar, que la engulló sin piedad ante su impotencia y desesperación. En aquel momento quiso tirarse tras ella, pero comprendió que, ante aquello, nada podía hacer. Desde aquella, su único deseo era volver a sentirla junto a él.

Un escalofrío recorrió su cuerpo y, de paso, lo sacó de sus pensamientos. Aquella tarde hacía frío y el cielo estaba salpicado de oscuros nubarrones que amenazaban con descargar su húmedo contenido. Él se incorporó lentamente decidido a marcharse de aquel lugar tras cumplir su ritual diario. Se dio la vuelta y enfiló el camino de vuelta al coche. Sin embargo, una sensación de calma le invadió. No se sentía así desde hacía por lo menos dos años. Aquella calma le hizo viajar en el tiempo y le situó instantes antes de la tragedia. Notó un soplo de aire caliente en su rostro y tuvo la sensación de que ella estaba allí. Con sincera emoción, pero con calma, preguntó:

-¿Eres tú, amor?

Tuvo la sensación de que alguien le tocaba la mano, aunque allí no había nadie. Convencido, prosiguió:

-Sé que eres tú.

Sintió una alegría inmensa en su interior. Aparentemente estaba solo en aquel lugar, mas él sabía que no era así. Volvió a sentarse en el montón de rocas al borde del precipicio y sintió como una brisa de aire cálido le acariciaba su brazo y su cabello.

-No sabes cuánto te he echado de menos. Son ya dos años y todavía no he aprendido a vivir sin ti. Todas las noches no dejo de pensar y de decir lo mucho que te amo con la esperanza de que puedas escucharme. ¿Es así?

En ese momento pudo sentir como un soplo de aire caliente y húmedo le rozaba los labios. Aquella sensación le emocionó profundamente y sintió un gran alivio interior.

-Desde que te fuiste, no he vuelto a sentirme tan bien como ahora. Sé que estás ahí y eso es suficiente.

Las lágrimas afloraron en sus ojos y recorrieron sus mejillas, como gotas de agua sobre una hoja en la mañana compitiendo por ser la primera en dejarse caer sobre la tierra. Sin embargo, aquellas lágrimas se disolvían a la altura de los labios, cuando él notaba un ligero roce de unos invisibles dedos sobre sus mejillas. Por primera vez en mucho tiempo, él esbozó una sincera sonrisa, muy distinta de aquellas fingidas que se había acostumbrado a repartir a lo largo del día.

El mar, calmado y sereno, mostraba su cara más dulce en aquella extraña tarde. Las nubes dejaban traslucir un pequeño rayo de sol que rompía la homogeneidad de la superficie marina con su fulgor. Aquel hombre, atormentado y melancólico durante dos largos años, se sentía ahora pleno de felicidad. Lo inalcanzable, aquella tarde y por segunda vez en su vida, se convirtió en lo posible. Nunca más volvió a sentir lo que sintió aquella tarde, pero su alma se liberó de un peso que, de otra forma, hubiera quedado siempre atrapado en aquel cuerpo de hombre. Nadie más que el mar y el viento fueron testigos de aquel encuentro. Él entendió que su vida seguía teniendo sentido. En definitiva, que había motivos para seguir luchando y que los ideales inalcanzables eran tan necesarios como el respirar.

Autor: manelfernandezb

Escritor ferrolano. Amante de la literatura, de la fantasía y de todo aquello vinculado a la creatividad.

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